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"Y guardaré mi pacto contigo, y tú sabrás que yo soy Jehová" (Ezequiel 16:62)

La vida cristiana no es un acuerdo entre iguales, sino la respuesta humilde y gozosa a la iniciativa de un Dios que, desde la eternidad, determinó salvar a un pueblo para la gloria de Su Nombre. Este compromiso se llama Pacto de Gracia, y su Mediador es Jesucristo, el Esposo fiel que vino a rescatar, purificar y preservar a Su Iglesia hasta el día de la consumación. Guardar el pacto es vivir en dependencia, gratitud y obediencia a Él.

1. Dios tomó la iniciativa.

No fuimos nosotros quienes buscamos el pacto; fue Dios quien, en soberanía, nos buscó y nos amó primero (1 Jn. 4:19). La gracia no es una puerta que nosotros abrimos, es un brazo que nos levanta de entre los muertos y nos lleva al hogar del Padre. “Yo seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo” (Lev. 26:12) no es un contrato negociado, sino un decreto firmado con sangre en la cruz. Nuestra fidelidad es siempre respuesta a Su fidelidad primera.

2. Dios no es polígamo.

En todo el plan de redención, Dios no ha tenido “muchos pueblos” separados, cada uno con su camino de salvación. Desde Abraham hasta la Iglesia glorificada, hay un solo rebaño y un solo Pastor (Jn. 10:16). La historia de la redención es la historia de un Esposo fiel que no divide Su amor entre rivales; Él unió a judíos y gentiles en un solo cuerpo bajo Cristo (Ef. 2:14-16). Guardar el pacto es vivir conscientes de nuestra unidad en Él.

3. El amor de Dios NO es incondicional.

Es cierto: no podemos ganarnos el amor de Dios. Pero también es cierto: Su amor demanda santidad. El Pacto de Gracia no es licencia para pecar, sino poder para obedecer (Tit. 2:11-12). Cristo no murió para que fuéramos neutrales, sino para que caminemos en “nueva vida” (Rom. 6:4). Un pacto sin obediencia es traición; una gracia que no transforma es una falsificación.

4. El patriarcado DIVINO bendice, no oprime.

En un mundo que sataniza la autoridad, el señorío de Cristo se presenta como refugio y no como yugo opresor. El Pacto de Gracia nos recuerda que Dios es Padre y Esposo, proveedor y protector. Su autoridad es la de un Pastor que pone Su vida por las ovejas (Jn. 10:11). Vivir bajo Su gobierno no aplasta, sino que eleva; no esclaviza, sino que libera.

5. Cristo vino por una esposa, no por una meretriz.

El pacto no es un noviazgo informal; es un matrimonio eterno. Cristo no busca una esposa adúltera que coquetee con el mundo, sino una Iglesia “gloriosa, sin mancha ni arruga” (Ef. 5:27). Guardar el pacto implica rechazar toda infidelidad doctrinal, moral y espiritual. Él pagó con Su sangre por una novia santa, y no la compartirá con ídolos.

Una boda en preparación.

El Cordero volverá pronto por su esposa, la Iglesia: santa y bendita. Guardar el pacto no es cargar una cadena, sino portar un anillo de compromiso con el Rey de reyes. Significa vivir cada día recordando que Él es nuestro Dios y nosotros somos Su pueblo. Y como esposa amada, la Iglesia responde con devoción, pureza y gratitud, porque su Esposo es fiel y digno.