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El sacerdote perfecto, la ofrenda final, la mediación suprema

El peregrino que camina hacia la ciudad celestial no necesita otro mediador, otro altar, ni otro sacrificio. Cristo es “el camino, la verdad y la vida” (Jn. 14:6), y como enseña la carta a los Hebreos, “tenemos un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios” (Heb. 4:14). La peregrinación cristiana no es una subida hacia un templo terrenal, sino una marcha hacia la presencia misma de Dios, “al Lugar Santísimo por la sangre de Jesús” (Heb. 10:19).

El sacerdocio de Cristo no es un complemento del antiguo, ni una reforma del levítico, sino su cumplimiento glorioso, eterno e inmejorable. Todo lo anterior —sacrificios, vestiduras, altares, rituales, incienso, sangre de animales, arcas y velos— eran sombras, señales provisionales, flechas que apuntaban a la sustancia, que es Cristo (Col. 2:17; Heb. 8:5).

Añadir algo a su sacerdocio sería como intentar encender una vela al mediodía para “ayudar” al sol. Peor aún: sería una blasfemia disfrazada de reverencia, una teología de la sospecha que mira al Hijo de Dios y piensa: “Gracias, pero no es suficiente”.

Por tanto, debemos cuidarnos de no añadir nada al sacerdocio de Cristo ni por celo religioso, ni por tradiciones, ni por miedos interiores, ni por consejos de hombres - Nada puede superar o mejorar lo que Cristo ha obrado en plenitud - Su obra es perfecta. Su sacrificio es eficaz. Su intercesión es suficiente. Cualquier “añadidura” es una ofensa. Tan pronto como se menciona otra mediación, la gloria de Cristo es disminuida y su honor es violado.