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La Escritura es clara: el hombre fue creado dependiente de Dios. Génesis 2 no presenta al ser humano como un llanero solitario, sino como un siervo colocado en un Edén ajeno, con mandatos ajenos, sustentado por un Dios que le concede vida, propósito, ley y comunión. Al ser creado "a imagen de Dios", el hombre no fue diseñado para la autoexistencia ni la autosuficiencia, sino para reflejar, representar y responder al Creador. Es decir: relación y sujeción.

La caída misma ocurrió por perseguir la autonomía. “Seréis como Dios” (Gn. 3:5) fue la promesa del diablo, y fue también el primer manifiesto de independencia. La esencia del pecado es el deseo de la criatura de ser su propio dios, viviendo al margen de la voluntad de su Creador.

Desde entonces, todo intento de autonomía ha sido una rebelión pactal. El hombre, en vez de vivir bajo el cuidado del Dios del pacto —quien le ofrece sustento, dirección, perdón y comunión—, insiste en tomar el trono, dictarse su moral y vivir según su propio criterio.

Cristo no redime al hombre para hacerlo más “empoderado” o “libre de ataduras”, sino para hacerlo esclavo voluntario de la justicia (Ro. 6:18). La libertad bíblica no es independencia, sino redención del pecado para vivir en sumisión amorosa al Señor del pacto. La verdadera libertad consiste en una sujeción gozosa a la voluntad de Dios. Ser cristiano, entonces, no es volverse “más autónomo”, sino “más dependiente”. No hay discipulado sin negación del yo. No hay madurez sin obediencia. No hay vida en el pacto sin sumisión.