Salmo 43:4-5
“Entraré al altar de Dios, al Dios de mi alegría y de mi gozo; y te alabaré con arpa, oh Dios, Dios mío. ¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío.”
El mundo moderno, lleno de ruido pero vacío de significado, nos quiere vender la idea de que las emociones son un producto químico sin trascendencia. Pero el Dios de la Biblia no es ni materialista ni indiferente. Él no nos salva de nuestras emociones, sino con ellas, en ellas y para redimirlas. Nuestro paso del pecado a la salvación es también un éxodo emocional: del miedo a la confianza, del enojo al descanso, del vacío al gozo. Las emociones santas son los afectos de un alma regenerada.
Dios no es solamente el Dios de la doctrina correcta, sino también el Dios de nuestro deleite profundo. Nuestra devoción a Cristo incluye nuestras emociones, nuestros afectos y nuestras lágrimas —¡todas redimidas para su gloria!
Por eso el salmista interroga a su alma: ¿Por qué te abates? ¿Por qué te turbas? No se trata de reprimir las emociones, sino de examinarlas con lupa bíblica. Como consejeros de nuestra alma, debemos sentar a nuestras emociones en la silla del testimonio y hacerles preguntas: ¿De dónde vienes? ¿A dónde vas? ¿Glorificas a Dios o justificas mi pecado?
La madurez cristiana incluye una vida emocional evaluada, dirigida y santificada. Pablo no le decía a los creyentes que se “animaran” de forma vacía, sino que “se gozaran en el Señor” (Fil. 4:4). El gozo no es una respuesta ciega, sino una convicción fundamentada en el carácter de Dios. No somos llamados a fingir emociones, sino a alinear nuestras emociones con la verdad del Evangelio. Como dijo Agustín: “Ama a Dios y haz lo que quieras” —porque si tu amor está bien ordenado, tus emociones seguirán el camino de la santidad.
¿Estás triste? Examina si esa tristeza nace de un deseo santo o de un ídolo herido. ¿Estás enojado? Pregúntate si defiendes la justicia de Dios o solo tu ego. ¿Sientes gozo? Asegúrate de que es un gozo nacido de la verdad y no de la vanidad. La santificación no solo alcanza nuestras acciones, sino también nuestras reacciones.
En la cruz, Cristo no fue un mártir frío ni un héroe insensible. “Con gran clamor y lágrimas” ofreció ruegos (Heb. 5:7). Fue conmovido en su espíritu (Juan 11:33), se lamentó por Jerusalén (Mat. 23:37), y se regocijó en el Espíritu (Luc. 10:21). Siendo el Hijo perfecto, nos mostró que las emociones redimidas son parte del culto verdadero.
Las emociones también cuentan. Cuentan porque Cristo no solo redime nuestra mente y cuerpo, sino también nuestro sentir. Cuentan porque el Dios que nos salvó no es un algoritmo, sino un Padre que se deleita en sus hijos. Y cuentan porque en el altar de Dios hemos de ofrecernos como un sacrificio vivo; con gozo, con alegría, con quebranto por el pecado y júbilo por la redención.
Por tanto, que nadie nos acuse de pietismo sentimentaloide pero tampoco de frialdad doctrinal. No estamos promoviendo una fe blanda como gelatina, pero tampoco una espiritualidad gélida sin alma. La vida cristiana es un fuego ordenado, no una fogata emocional descontrolada ni una vela apagada. Porque el Dios que nos salvó con amor eterno también nos hizo a su imagen con emociones verdaderas. Así que, ¡sí! Afirmamos con convicción: no sentimentalismo, pero no sin sentimiento. Nuestro Redentor merece no solo nuestras convicciones más firmes, sino también nuestras emociones más profundas.