Uno de los mayores tesoros de la doctrina del pacto es esta gloriosa declaración: “Yo seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo” (Levítico 26:12). La relación pactual no es un contrato de servicios, sino una alianza de amor y pertenencia mutua. Dios no sólo se da a conocer como nuestro Dios —cercano, auxiliador, benefactor y Padre celestial— sino que nos reclama como suyos: propiedad, posesión, pueblo exclusivo, vasallos del Reino.
Si Dios es nuestro todo, nosotros le pertenecemos del todo. No con cláusulas, no con condiciones, no con letra pequeña. El peregrinaje cristiano —ese viaje entre Egipto y la Canaán celestial— exige una consagración sin reservas, una entrega total que brota del amor redentor de Dios.
Por eso, el primer mandamiento del alma redimida no es sólo “No tendrás dioses ajenos delante de mí”, sino también, en forma positiva y exigente: “No tendrás reservas para con Dios”.
¿Cómo vivir en entrega total?
La vida cristiana no se resume en asistir a la iglesia o dejar de hacer cosas malas. La fe reformada nos enseña que Cristo no vino simplemente a reformar conductas, sino a reclamar soberanía absoluta sobre cada rincón del alma. Pablo clama con voz de pacto: “No sois vuestros... habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios” (1 Corintios 6:19–20).
Vivir sin reservas implica:
• No guardarte espacios “personales” al margen de Su voluntad.
• No tratar tu tiempo como si fuera tuyo.
• No decir “esto es mío” como si fueras dueño de algo.
• No vivir para agradarte, sino para agradarle (2 Corintios 5:15).
Es caminar con Dios como Abraham: sin seguridades humanas, sin seguridades materiales, sin mapa... pero con la promesa suficiente: “Yo soy tu escudo, y tu galardón sobremanera grande” (Génesis 15:1).