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La biblia no es un libro de autoayuda, sino de diagnóstico y remedio - expone nuestra grave condición y nos brinda el único remedio para nuestro grave mal.

Como un espejo, la biblia nos retrata como impíos, incompetentes e inconstantes - no hay nada que no esté contaminado por el pecado, no hay nada que podamos hacer por nosotros mismos para salvarnos y tenemos una tendencia al extravío y la negligencia.

Una vez que aceptamos que esta es nuestra realidad, despojados de toda arrogancia y autoconfianza, estamos listos para ver a Cristo como el autor y consumador de nuestra fe y poniendo la mirada en Él avanzar hacia la redención confiados en su sacrificio y su misericordia.

La otra opción, equivocada e inútil pero muchas veces recurrida, es que en vez de reconocer nuestra miserable condición, nos pongamos una máscara tratando de disimular nuestro pecado, intentando esconder nuestra incompetencia y fingiendo que somos buenos, o al menos no tan malos. ¿Funciona? No, de ninguna manera - ante la vista del Señor todos estamos desnudos y nada hay que se pueda esconder de su escrutinio.

La iglesia, por lo tanto, está llamada a despojarse de toda máscara y buscar en sinceridad y fe la santidad que Dios demanda y que sólo él puede producir en nuestras vidas.

Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo… acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura... Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza. (Heb 10.19-23)