La Biblia no escatima en palabras sublimes cuando se refiere al destino final de los redimidos. A lo largo de sus páginas, el cielo, la gloria eterna, el paraíso, la nueva creación, y la morada celestial son términos que surgen con frecuencia, y todos ellos apuntan a una realidad gloriosa: el consuelo definitivo para el pueblo de Dios. Esta variedad de expresiones no es fruto de una confusión semántica, sino del intento divinamente inspirado de mostrarnos la riqueza multiforme de la herencia que está reservada para quienes sean fieles hasta la muerte en la esperanza de la resurrección, la vida eterna y el gozo perpetuo.