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“Probé luego el placer, y quise gozar de los bienes, pero he aquí, esto también era vanidad” —Eclesiastés 2:1

Salomón, ese sabio que probó todo lo que el corazón humano codicia, se convirtió en el cronista lúgubre de la vida sin Dios. En Eclesiastés 2, lo vemos como un hombre que se echó al goce, a la risa, al vino, a la arquitectura, a los conciertos, al dinero, a los deleites, a los aplausos… y al final, se topó con la pared de la verdad más sobria: “todo es vanidad y aflicción de espíritu.”

Una vida sin Dios es como un carnaval sin alma, una fiesta sin sentido: colorido, ruidoso… y hueco. Un globo inflado con aire caliente. Un brindis en una caverna oscura.

Hoy exploramos cuatro síntomas de esta carrera vacía bajo el sol.

1. El efecto “chiste gastado”

Salomón dijo: “A la risa dije: Enloqueces; y al placer: ¿De qué sirve esto?” (Ecl. 2:2).

¡Ah, la risa! El opio momentáneo de los vacíos. El espectáculo del bufón que intenta entretener al alma que se desangra. El humor secular se burla de todo, especialmente de lo sagrado, para luego darse cuenta de que, el chiste más repetido ya no hace reír, solo revela la desesperación. ¿De qué sirve la risa si no hay redención? Es como un payaso en un funeral. Puedes reírte hasta quedarte sin aire, pero no hasta quedarte sin vacío.

2. El efecto “aguanto una más”

“Propuse en mi corazón agasajar mi carne con vino…” (Ecl. 2:3). El hedonismo moderno sigue la vieja receta de Salomón: si algo da placer, entonces debe ser bueno. El problema es que el placer sin propósito no es deleite, sino adicción. El borracho se jacta de “aguantar una más”, pero en realidad, es la copa la que lo aguanta a él, lo sostiene, lo engaña y lo esclaviza. Y el hedonista contemporáneo no es más sofisticado que el borrachín de la esquina: sigue cayendo en camas distintas buscando descanso, pero encontrando solo insomnio moral.

Agustín lo resumió bien: “Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti.”

3. El efecto “no tengo de esos”

“Me engrandecí… me hice huertos, jardines, fuentes… y amontoné también plata y oro…” (Ecl. 2:4–8).

El síndrome moderno del “no tengo de esos” es la codicia travestida de aspiración. Salomón tuvo todo lo que Jeff Bezos y Elon Musk desearían. Y sin embargo, fue el primer millonario deprimido registrado en la Biblia.

Los centros comerciales son los nuevos templos paganos donde la gente va a adorarse a sí misma con las ofrendas del plástico. El alma consumista quiere llenar el corazón con bienes materiales, pero la eternidad no cabe en un carrito de compras; el alma humana fue hecha para Dios, y ninguna cosa creada puede saciarla.

4. El efecto “espejito, espejito”

“Engrandecí mi obra… y vi yo que no había más que vanidad y aflicción de espíritu.” (Ecl. 2:11).

El mundo grita: “¡Sé tú mismo! ¡Exprésate! ¡Ámate! ¡Enpodérate!” El problema es que uno puede explorarse, conocerse y hasta adorarse… y terminar odiándose. Porque el ego es como el infierno: nunca dice “basta” (Prov. 30:15–16).

Salomón se miró al espejo y no vio grandeza, sino vacío. Lo había hecho todo, y sin embargo, su alma seguía preguntando: “¿Y ahora qué?” La autorrealización sin Dios es como inflar un globo con agujeros: trabajo, esfuerzo, aire… pero nunca plenitud - Todo lo que el hombre hace fuera de Dios no es otra cosa que pecado y condenación, aunque parezca virtud.

SIN DIOS, NADA - IGUAL A DIOS, NADIE.

Solo Dios hace al hombre feliz - Sin la mano de Dios, todo es pan sin levadura, vino sin uvas, alegría sin alma.

El verdadero gozo no es tenerlo todo, sino conocer a Aquel que lo es todo. La vida bajo el sol es un carnaval insípido si Cristo no es el Rey del desfile.