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La oración es una de las disciplinas vitales en la vida cristiana. A lo largo de la historia, los cristianos han enfatizado correctamente la importancia de una vida de devoción y oración, entendida como un medio para cultivar una relación íntima con Dios. No obstante, el pietismo, en su deseo por profundizar en las disciplinas espirituales, a veces cae en un error común: usar la oración como una excusa para evadir responsabilidades. Frases como “vamos a dejarlo en manos de Dios” o “esperaré a que Dios lo resuelva” pueden sonar piadosas, pero si no van acompañadas de acción, pueden convertirse en una forma de negligencia disfrazada de espiritualidad. El mandamiento de "orar sin cesar" (1 Tesalonicenses 5:17) no anula la responsabilidad del creyente de actuar con diligencia en su vida diaria. Por eso, es necesario orar, pero también es esencial levantarse, ocuparse, trabajar y esforzarse en los asuntos que Dios ha puesto bajo nuestra administración.

Considerando estas realidades, hay tres preguntas que debemos hacernos respecto a nuestra vida de oración:

La pregunta clave es: ¿nos importa nuestra relación con Dios? Orar sin cesar implica mantener un corazón en constante comunicación con Él, no solo cuando tenemos necesidades, sino para glorificarle en todo y reconocer su mano en todas las áreas de nuestra vida. La verdadera oración no se queda en palabras, sino que fomenta una obediencia activa, donde la comunión íntima con Dios nos motiva a actuar conforme a su voluntad.

A menudo, nuestra expectativa al orar es recibir un "sí" a nuestras peticiones, pero Dios, en su soberanía, muchas veces nos responde con un “no”. Este es un aspecto de la oración que muchos evitan enfrentar. Sin embargo, un "no" de Dios no es menos amoroso ni menos perfecto que un "sí". Aceptar un "no" como respuesta a nuestras oraciones es un acto de fe y humildad, reconociendo y confiando que Dios sabe más que nosotros, actúa mejor que nosotros desea lo mejor para nosotros y gobierna sobre nosotros. Esto no significa que dejemos de actuar. Muchas veces, Dios utiliza nuestras circunstancias difíciles para llevarnos a un mayor crecimiento y madurez espiritual, y para enseñarnos a confiar en su plan a pesar de no comprenderlo completamente.

ORAR SIN CESAR NO SIGNIFICA DEJAR DE TRABAJAR

Ora, pero también actúa – ora, pero no te quedes de brazos cruzados – confía en Dios, pero ponte a trabajar. La oración es indispensable en la vida cristiana, pero nunca debe convertirse en un pretexto para la pasividad o la irresponsabilidad. Dios nos ha dado capacidades, recursos y oportunidades para actuar, y espera que trabajemos diligentemente mientras confiamos en Él. Como dice el apóstol Pablo en Filipenses 2:12-13, debemos “ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor”, sabiendo que es Dios quien obra en nosotros tanto el querer como el hacer. Orar sin cesar significa vivir en una actitud constante de dependencia de Dios, pero también de responsabilidad ante Él. Por tanto, ¡ora sin cesar, pero vete a trabajar!