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Si las misericordias de Dios son nuevas cada mañana, ¿Por qué la queja habría de ser una constante en nuestras conversaciones y un hábito en nuestra vida? El tráfico, la comida, nuestro cuerpo, lo que ocurre, lo que no ocurre, si llovió, si no ha llovido... ¿Qué tan necesario es quejarnos? Tal pareciera que nuestra opinión o evaluación de las cosas es de lo más importante y tenemos que expresarla sin freno ¿Pero acaso esa queja está justificada? ¿Tenemos el panorama completo de las cosas y la información plena de cada asunto como para asegurar que nuestra queja es válida?

Y además, es necesario preguntarnos ¿Qué pretendemos con nuestra queja? ¿Acaso las circunstancias cambian y mejoran cuando emitimos nuestro desagrado, cuando expresamos nuestra amargura o compartimos nuestra insatisfacción por las cosas que desde nuestra reducida perspectiva de criaturas no nos parecen agradables?

¿A quién, en última instancia, van dirigidas nuestras quejas? Ante Dios; es a Dios a quien ultimadamente estamos haciendo el reclamo; con irreverencia, de nuestra queja. Básicamente es decirle a Dios "NO sabes como hacer las cosas, no voy a aplaudir tu manera de obrar, no me tiene contento tu gobierno.

Así de insolente es nuestra queja.

Sin embargo, los redimidos de Cristo se alegran en sus obras, acatan su voluntad, reciben con humildad y mansedumbre la voluntad de Dios que consideran BUENA, AGRADABLE y PERFECTA - no dan albergue a la amargura ni despotrican su queja con impnertinencia: "Tuyo es el reino" es su himno, "Sea hecha tu voluntad" es su clamor, "Todas las cosas ayudan a bien" es su consuelo - no hay queja, sino contentamiento; porque Dios es siempre BUENO.

Tus misericordias

nuevas son cada mañana;

grande es tu fidelidad.

(Lam 3:22-23)