En un mundo saturado de placebos espirituales y “remedios alternativos” que la industria del cristianismo superficial vende a granel, la iglesia necesita un tratamiento radical y divinamente recetado: la Pactomicina. No, no la encontrará en farmacias naturistas ni en conferencias de autoayuda; esta medicina se administra en las Escrituras, bajo la dirección del Espíritu, y tiene como principio activo la doctrina del pacto de gracia, el hilo rojo que recorre toda la Biblia y que sana las dolencias crónicas de un pueblo olvidadizo, tibio y muchas veces confundido.
La doctrina del pacto no es una pomadita que se unta de vez en cuando para calmar el ardor de la conciencia, ni un ungüento cosmético que mejora la apariencia externa de la iglesia. No es un accesorio teológico ni un lujo de eruditos; es la quimioterapia radical del alma, que penetra hasta lo más profundo de nuestra devoción, sana nuestra doxología, dirige nuestra predicación y moldea nuestro estilo de vida. El pacto no se roza por fuera, se inyecta en las venas de la fe. Solo así la iglesia se mantiene viva, porque lo que está en juego no es un tratamiento opcional, sino la diferencia entre languidecer en la religiosidad o vivir fortalecidos en Cristo, el Mediador del pacto eterno.
No busquemos jarabes de moda ni inyecciones de autoayuda. El remedio está en Cristo, Mediador del nuevo pacto. “Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo” (Jer. 31:33).