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¿Quién iba a imaginarlo?

Que aquel Ser sublime al que los ángeles llaman día y noche "santo, santo, santo", que Aquel Soberano que ostenta títulos como "El Altísimo", "El inmortal e invisible", "El gran varón de guerra" – Que ese infinito, eterno e inmutable Dios ante quien los montes tiemblan y los mares huyen. Que Él mismo iba a querer que sus criaturas redimidas le llamaran "PAPITO" - tal acto de adopción costaba una cruz, una tumba y una humillación; y fue el unigénito amado quien con el Padre confabulado hizo posible tal reunión familiar.

¡Qué maravilla de gracia y ternura! ¡Cuán grande privilegio y bendición el ser contado entre los hijos de Dios"

Todos los que viven en obediencia al Espíritu de Dios, son HIJOS de Dios. Porque el Espíritu que Dios les ha dado no los esclaviza ni les hace tener miedo. Por el contrario, el Espíritu nos convierte en HIJOS de Dios y nos permite llamar a Dios: «¡PAPÁ!»

Romanos 8:14-15

¡OH SEÑOR OMNIPOTENTE Y BUENO, que cuidas cada uno de tus hijos como si fuera el único y que cuidas a todos como si fueran uno solo! - Agustín de Hipona