En el Reino de Dios no hay lugar para el fariseísmo, esa actitud religiosa que se conforma con las apariencias externas pero descuida la limpieza del corazón. Así lo dejó en evidencia Jesús cuando fue invitado a cenar por un fariseo (Lucas 11:37). Aquel hombre, representante de una religión centrada en el ritualismo y la reputación, se escandalizó al ver que Jesús no cumplía con los lavamientos ceremoniales antes de comer. Pero el Señor, conocedor de los pensamientos, respondió con una reprensión penetrante: “Limpiáis lo de fuera del vaso y del plato, pero por dentro estáis llenos de rapacidad y de maldad”. Este breve episodio revela una verdad fundamental: la hipocresía religiosa, aunque socialmente aceptada, es incompatible con el Reino que Cristo vino a inaugurar. El fariseísmo no tiene lugar donde reina la gracia, la humildad y la transformación del alma; pues el Evangelio no adorna la superficie, sino que regenera lo profundo del ser.
La comunión con Cristo no es un derecho, sino un don. Cada encuentro con Él es una manifestación de su amor condescendiente, una invitación a una mesa que no merecíamos, y una oportunidad para experimentar la verdadera limpieza del alma.
VAYAMOS A CRISTO; SIN MÁSCARAS NI VANAGLORIA
Amado lector, la advertencia de Cristo es clara: no basta con el plato hermoso si el corazón está mugroso. No hay comunión verdadera sin limpieza verdadera. Y no hay limpieza verdadera sin Cristo.
El fariseísmo sigue vivo donde hay religión sin redención, apariencia sin arrepentimiento, ortodoxia sin obediencia. Abandónalo. Ven a Cristo. No necesitas una reputación impecable para acercarte a Él, sino un corazón quebrantado y humillado. A Él no le atraen los vitrales del alma, sino la sinceridad de un pecador que reconoce su suciedad.
Ven a la mesa del Señor, no con las manos limpias de tus obras, sino con el alma abierta a su gracia. No escondas tu suciedad bajo la religión. Entrégala a Aquel que “vino no a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento” (Lucas 5:32).