“El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida.” (1 Juan 5:12)
La verdadera vida —la pura vida— es un don de Dios que fluye únicamente por medio de Cristo, quien dijo: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10). Este ensayo busca honrar a nuestro Señor Jesucristo reconociendo sus múltiples dádivas de vida, y exaltándolo como Aquel que nos da espíritu, nombre, sustento, esperanza y gloria eterna.
1. Gracias a Jesucristo: Por su Espíritu de VIDA
Desde el Génesis hasta el Apocalipsis, la vida humana y espiritual se muestra como obra directa del Espíritu de Dios. Cuando Cristo resucitado se presenta a sus discípulos, sopla sobre ellos y les dice: “Recibid el Espíritu Santo” (Juan 20:22), remitiéndonos al aliento de vida original (Gén. 2:7).
El Espíritu Santo es llamado en Romanos 8:2 “el Espíritu de vida en Cristo Jesús”, y es por Su acción vivificante que pasamos de muerte a vida (Efesios 2:1-5). En la teología reformada, reconocemos que sin este nuevo nacimiento por el Espíritu, ningún ser humano puede ver el Reino de Dios (Juan 3:3-6).
2. Gracias a Jesucristo: Por inscribirnos en el libro de la VIDA
La Escritura habla del “libro de la vida del Cordero” (Apocalipsis 13:8), una imagen celestial que representa la elección, redención y seguridad de los santos en Cristo. Aquellos cuyos nombres están escritos en este libro fueron amados desde antes de la fundación del mundo (Efesios 1:4-5), y en él están seguros porque sus nombres fueron sellados con la sangre del Cordero.
Esta inscripción no es fruto de nuestras obras, sino de la gracia soberana de Dios (Filipenses 4:3), asegurándonos que nadie puede borrarnos de su memoria salvífica. Cristo nos promete: “No borraré su nombre del libro de la vida” (Apoc. 3:5). ¡Qué consuelo para el corazón creyente!
3. Gracias a Jesucristo: Por concedernos el agua de VIDA
Cristo se presenta a la samaritana como el dador de agua viva (Juan 4:10), y en Apocalipsis 22:17 se nos invita a recibir “gratuitamente del agua de la vida”. Esta agua representa la gracia vivificante del Evangelio que sacia el alma y la limpia, purificándola de su impureza por medio de la fe.
El agua viva que Cristo da no se agota, sino que salta para vida eterna (Juan 4:14), y testifica que solo en Él se encuentra la satisfacción plena del corazón humano.
4. Gracias a Jesucristo: Por devolvernos el árbol de la VIDA
En el Edén, el árbol de la vida fue cerrado por causa del pecado (Génesis 3:24), símbolo de la separación del hombre caído respecto a la comunión con Dios. Pero en Cristo, el nuevo y verdadero Adán, el acceso a este árbol ha sido restaurado (Apocalipsis 2:7; 22:2).
Este árbol representa ahora la vida eterna y la sanidad de las naciones por medio de la obra redentora de Cristo. Él es el mediador del nuevo pacto, por quien la humanidad redimida vuelve a tener comunión con el Dios viviente.
5. Gracias a Jesucristo: Por otorgarnos la corona de VIDA
Finalmente, a los que permanecen fieles en la fe, Cristo promete una corona de vida (Apocalipsis 2:10; Santiago 1:12). No se trata de una recompensa por méritos humanos, sino del premio de gracia dado a aquellos que aman a Dios y perseveran en las pruebas. Es la glorificación de los santos, la plenitud de la vida eterna en presencia del Salvador.
Esta corona no se marchita (1 Pedro 5:4), y es garantizada por Aquel que venció la muerte. “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá” (Juan 11:25).
HAY VIDA EN JESUCRISTO
¡Pura vida! No como un mero deseo optimista, sino como una exclamación de fe. ¡Gracias a Jesucristo tenemos espíritu vivificado, nombre eterno, agua que sacia, árbol que sana y corona que glorifica! Todo esto proviene de Él, es sostenido por Él y nos lleva de regreso a Él. “Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas” (Romanos 11:36).