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La oración de fe no es una fórmula para garantizar que Dios cumplirá nuestros deseos, sino una expresión de confianza en su carácter y su voluntad. Jesús mismo nos enseñó a orar diciendo: “Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra” (Mateo 6:10). Orar con fe significa acudir al Padre con plena seguridad de que Él oye y responde, pero también con humildad para aceptar que su respuesta será siempre conforme a su perfecta sabiduría.

Algunas corrientes contemporáneas han tergiversado la enseñanza bíblica sobre la oración, promoviendo la idea de que los creyentes deben “demandar”, “reclamar” o “arrebatar” bendiciones como si Dios estuviera obligado a concederlas. Sin embargo, esta actitud es ajena a la Escritura. La verdadera oración de fe no se fundamenta en la autosuficiencia del hombre ni en su capacidad de declarar o decretar, sino en la soberanía y bondad de Dios. El Señor Jesús, en su oración en Getsemaní, nos dio el ejemplo supremo de sumisión al orar: “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42).

El Dios de la Biblia no es una máquina de conceder deseos egoístas, sino un Señor de bondad y misericordia, que en su perfecta sabiduría gobierna y bendice a su pueblo según lo que realmente necesita. Como afirma Romanos 8:28, “sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien”. La verdadera fe en la oración no busca manipular a Dios, sino descansar en su voluntad, confiando en que siempre es buena, agradable y perfecta (Romanos 12:2).