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¿Qué concluiremos cuando se nos junte el dolor, con la carencia, más alguna pérdida y los muchos contratiempos de la vida?

¿Será nuestra canción un lamento por lo miserable que puede llegar a ser la vida? ¿O será la adversidad el escenario en que adoremos a nuestro Dios?

Si Jesús dijo que “cada día traería su propio mal” ¿Por qué entonces nos habríamos de sorprender cuando llegan las adversidades? ¿Cuándo hemos tenido un solo día sin complicaciones y en que todo nos salga exactamente como lo planeamos, sin que nada se descomponga, sin que nada falte, sin que nada nos preocupe o nos dificulte la existencia?

¿No será que entonces necesitamos más realismo para no caer en desesperación ante las calamidades de cada día? Si de por sí van a venir ¿Por qué no estar preparados para hacerles frente?

¿Y cómo reaccionaremos a los males de cada día? ¿Saldrán de nuestra boca palabras de queja y amargura? ¿Maldeciremos y hablaremos blasfemias? ¿O expresaremos verdadera alabanza, gratitud y esperanza que refleje nuestra confianza en Cristo?

¿Tomaremos nuestras debilidades y dolencias como pretexto para ser negligentes en nuestra búsqueda de santidad? ¿Bajaremos la guardia cuando la tormenta es más densa o será en la hora más oscura cuando la luz del evangelio alumbre más nuestro caminar?

Los hijos de Dios no caminan en desgracia y su surte no está maldita; los redimidos de Cristo avanzan, perseveran y se aferran al evangelio y las promesas de Cristo en la certeza de que nada nos puede separar del amor de Dios y en la garantía de ser más que vencedores por medio de aquel que nos amó.

En lo cual vosotros os alegráis, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas PRUEBAS…

(1 Pedro 1:6)