"A fin de que no os hagáis perezosos, sino imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas" —Hebreos 6:12
Si el Deuteronomio fue el sermón final de Moisés para un pueblo que estaba a punto de entrar a la Tierra Prometida, Hebreos es la carta pastoral de Cristo resucitado, hablada por medio de sus testigos, a una iglesia peregrina que aún marcha por el desierto de este mundo hacia el reposo celestial. Como el Deuteronomio, Hebreos nos recuerda con firmeza quién es el Señor del Pacto, cuáles son sus demandas, y qué tan vital es perseverar hasta el fin. Ambos libros —uno en el umbral de Canaán, el otro en la antesala de la gloria— nos muestran que el viaje de la fe exige fidelidad al Dios que no cambia.
El escritor a los Hebreos, cual nuevo Moisés, nos advierte con severidad y ternura sobre el peligro de la incredulidad. No nos engañemos: Israel no cayó por falta de dirección geográfica, sino por extravío del corazón. Se perdieron en el mismo lugar donde nosotros también podemos perdernos: en el laberinto sombrío de la duda.
He aquí la advertencia de Hebreos al cristiano peregrino: saca la duda de tu equipaje. Esta travesía hacia la gloria no admite sospechas hacia la fidelidad de Dios.