SU PALABRA ES LA LEY (QUIERAS O NO).
En términos generales, la COERCIÓN es la acción mediante la cual se ejerce presión a un individuo o grupo de personas con el objetivo de condicionar su comportamiento. Esta presión puede ser entendida de diversas maneras, desde la imposición de normas hasta la persuasión para el cumplimiento de ciertas acciones.
Pero cuando hablamos del carácter COERCITIVO de la Biblia, la coerción no debe ser vista como algo lamentable o negativo. Al contrario, la coerción es consecuencia de la autoridad de las sagradas escrituras y el referente del dominio benévolo que ejerce Dios sobre Su pueblo.
La autoridad de las Escrituras se manifiesta en su capacidad para guiar, dirigir, y, en ocasiones, condicionar el comportamiento y las creencias de los creyentes. Esta autoridad no es arbitraria ni opresiva, sino que es la expresión de la voluntad soberana y justa de Dios, quien busca el bien y la santificación de Su pueblo.
Podemos considerar al menos cinco aspectos del carácter COERCITIVO de las Escrituras.
1. Dios es la AUTORIDAD suprema: La autoridad de las Escrituras proviene directamente de Dios. Como se afirma en 2 Timoteo 3:16-17, "Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra." La inspiración divina garantiza que la Biblia no es meramente un conjunto de textos humanos, sino la revelación de Dios mismo. Su autoridad coercitiva es, por tanto, una extensión de la autoridad soberana de Dios sobre Su creación.
2. El propósito REDENTOR de la COERCIÓN Bíblica: La coerción en las Escrituras tiene un propósito redentor. No es un fin en sí misma, sino un medio por el cual Dios busca conformar a Su pueblo a la imagen de Cristo. Hebreos 4:12 dice, "Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón." La Palabra de Dios ejerce una presión transformadora sobre el creyente, llevando al arrepentimiento y a una vida de obediencia y santidad.
3. La OBEDIENCIA voluntaria y la COERCIÓN: Aunque las Escrituras ejercen una presión coercitiva, la obediencia que buscan es voluntaria. Dios no desea una obediencia forzada o mecánica, sino una que surge del corazón regenerado y agradecido. Jesús dijo en Juan 14:15, "Si me amáis, guardad mis mandamientos." La verdadera obediencia a la autoridad de las Escrituras es una respuesta de amor y gratitud por la obra redentora de Cristo.
4. La Coerción en el contexto de la comunidad del PACTO: La autoridad coercitiva de las Escrituras también se manifiesta en el contexto de la comunidad del pacto, la iglesia. Los líderes de la iglesia tienen la responsabilidad de enseñar y aplicar la Palabra de Dios, ejerciendo una autoridad derivada que busca el bienestar espiritual de los miembros. En Mateo 18:18-20, Jesús establece el proceso de disciplina eclesiástica como un medio para preservar la pureza y la unidad de Su iglesia, demostrando que la coerción bíblica también tiene un componente comunitario.
5. La respuesta humana a la autoridad COERCITIVA de la escritura: Finalmente, la respuesta humana a la autoridad coercitiva de las Escrituras debe ser de sumisión reverente y obediencia. Santiago 1:22 nos exhorta, "Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos." La verdadera fe se demuestra en la obediencia activa y continua a la Palabra de Dios, reconociendo su autoridad legítima y benévola sobre nuestras vidas.
Así que, la doctrina de la revelación de Dios en las Sagradas Escrituras incluye un reconocimiento de su carácter COERCITIVO, entendido como su autoridad legítima para guiar y conformar la vida del creyente. Esta coerción no es opresiva, sino redentora, y busca llevarnos a una obediencia voluntaria y amorosa a nuestro Señor. Las Escrituras, inspiradas por Dios, ejercen esta autoridad con el fin de transformarnos y prepararnos para toda buena obra, asegurando que nuestra vida esté en armonía con la voluntad divina y para la gloria de Dios.