Judas Iscariote es el ejemplo de la apostasía más ilustrativo - me gustaría decir que es un caso extraño, insólito, poco común e improbable. Pero lamentablemente es todo lo contrario.
Cuántos casos no has conocido de personas que participaron de cierto entusiasmo religioso, anduvieron activos en alguna temporada en las "cosas de la iglesia", se bautizaron, se hicieron miembros, se congregaron, incluso tuvieron algún cargo o influencia en otros - tan firmes que se veían, tan comprometidos que se observaban. Pero algo ocurrió; la ausencia se volvió frecuente, la tibieza degeneró en frialdad, la negligencia trajo de compañera a la apatía - si hubo alertas, fueron apagadas y así la conciencia se cauterizó. Cuántos casos de gente que, como Judas, pasa cierta temporada con Jesús, escucha algunas de sus enseñanzas, se sienta con Cristo a la mesa e incluso le abraza y le besa - pero luego hay alejamiento y ruptura; traición y menosprecio.
Mucho de debate sobre si Judas realmente podía haber tenido una segunda oportunidad - esa tensión entre el decreto de Dios y la responsabilidad humana es realmente compleja. Sin embargo, al fin de cuentas, aunque el caso de Judas nos deja perplejos y con muchas preguntas, y aunque no somos responsables del destino de Judas, sí somos responsables de nuestro propio proceder - ¿Qué haremos con Cristo? ¿Cuánto apreciaremos Su palabra, su obra y su ser? ¿Le seguiremos hasta el final? ¿Le amaremos de todo corazón?
Permanencia, perseverancia, constancia y lealtad son el anhelo del Cristiano fiel y el seguro antídoto contra la apostasía.
Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubiesen sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros; pero salieron para que se manifestase que no todos son de nosotros. (1Jn 2.19)
Y ahora, hijitos, permaneced en él, para que cuando se manifieste, tengamos confianza, para que en su venida no nos alejemos de él avergonzados. (1Jn 2.28)