Eclesiastés 2 es un memorial, un epitafio escrito con tinta amarga en la lápida de los placeres sin Dios. El Predicador (Qohelet), el sabio rey que lo tuvo todo, nos deja una autobiografía en ruinas: la crónica lúcida de un alma que bajó al fondo del pozo existencial… para descubrir que estaba seco.
Tuvo sabiduría, risa, vino, jardines, arte, amantes, arquitectura, riqueza, esclavos y poder. Probó la vida como quien se sienta en un buffet y dice: “Sírveme de todo, y doble porción”. Y al final de esa gran cena sensorial, solo halló un sabor: fastidio.
“No negué a mis ojos ninguna cosa que desearan…” (v. 10)
“…y he aquí, todo era vanidad y aflicción de espíritu…” (v. 11)
Este hombre vivió lo que muchos sueñan. Fue el influencer que los publicistas desearían contratar. Y sin embargo, se volvió el profeta del vacío. ¿Por qué? Porque buscó saciedad debajo del sol, en un sistema cerrado, horizontal, sin eternidad.
Y ahora, como un buen pastor de almas, nos dice:
“¡Sobre aviso no hay engaño!”