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“Alabad a Jehová, porque él es bueno, porque para siempre es su misericordia.”

(Salmo 136:1)

Hay imperativos que no admiten réplica ni demoras. Uno de ellos es la adoración. No porque Dios necesite de nuestro fervor, sino porque nosotros necesitamos reconocer quién es Él. El Salmo 136 nos convoca con un estribillo eterno: “Porque para siempre es su misericordia.” Esta repetición no es redundancia hueca, sino el latido constante del corazón pactual de Dios: inmutable, fiel, soberano. Y cada latido es una razón. No una razón minúscula, subjetiva o sentimentalista, sino razones profundas, históricas, cósmicas y eternas.

El imperativo de adorar a Dios no es una imposición arbitraria, sino una respuesta lógica, emocional y espiritual a su carácter y sus hechos. Adoramos porque Él es el Dios supremo, sabio, misericordioso y salvador. Su fidelidad no caduca. Sus obras no cesan. Su gloria no decae. El estribillo del Salmo 136 no es un cliché litúrgico, sino el eco eterno del corazón de Dios: “Porque para siempre es su misericordia.”

Adora, pues. No como rutina, sino como rebelión contra el mundo incrédulo. No por emoción, sino por convicción; con reverencia y asombro, con alma y voz, en Espíritu y verdad.