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“¡Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria!” — Isaías 6:3

Todo lo que existe —desde la sinfonía de las galaxias hasta el suspiro del polvo— fue hecho con un propósito: reflejar la gloria del Creador. Nada fue creado para sí mismo. La brisa, el trueno, el canto del ave y el corazón humano fueron diseñados para apuntar, como flechas reverentes, hacia la majestad del Altísimo. Aun lo que no tiene voz, resuena en alabanza; y todo lo que respira, por mandato y por deleite, debe exhalar adoración. No hay molécula rebelde que escape al señorío de Su propósito. Como dice el salmista: “Todo lo que respira alabe a Jehová” (Salmo 150:6). Porque si no lo hace, no vive… solo sobrevive.

Dios no necesita nuestra adoración. Nosotros sí necesitamos adorarle. En un mundo donde se glorifica la vanidad y se deifica la opinión humana, la adoración bíblica es un acto contracultural. Es el pueblo redimido diciendo: “No se trata de mí. Se trata de Él.”

Por tanto, levantemos nuestras voces con el corazón postrado. Acerquémonos con asombro, temor y gozo. Proclamemos con la vida lo que los cielos ya cantan sin cesar: ¡Tú mereces gloria, Señor Dios Todopoderoso!