Listen

Description

“...Porque ni del sabio ni del necio habrá memoria para siempre; pues en los días venideros ya todo será olvidado. Y también morirá el sabio como el necio. Aborrecí, por tanto, la vida, porque la obra que se hace debajo del sol me era fastidiosa; por cuanto todo es vanidad y aflicción de espíritu.” — Eclesiastés 2:15-17

Salomón, en su brutal honestidad, nos introduce a un confesionario existencial donde la sabiduría no halla consuelo, el trabajo no otorga sentido, y la memoria humana se diluye como tinta en agua. Aquí no hay decorados ni espejismos: solo el vacío que huele a sudor sin recompensa, a lápida sin epitafio.

¡Qué imagen más demoledora para el hombre moderno, que vive para “hacerse un nombre”! Pero Eclesiastés dinamita esa utopía: “ni del sabio ni del necio habrá memoria para siempre.” He ahí el nihilismo: no sólo morirás… sino que nadie se acordará.

Es que el alma, sin la luz del evangelio, se ahoga en esta tiniebla. Es el silencio eterno del universo ante tus logros, tu título, tu biografía. Sartre le llamó “náusea”, Salomón le llama "vanidad y aflicción de espíritu".

El pronóstico del nihilismo: fastidio a corto plazo y olvido a largo plazo. Salomón lo dice sin anestesia: "Aborrecí la vida". No porque fuera un depresivo clínico, sino porque había entendido que toda búsqueda de sentido divorciada de Dios es como poner cortinas nuevas en una casa en llamas. El fastidio llega pronto —el trabajo cansa, las personas decepcionan, los placeres se diluyen— y, a la larga, todo se olvida. Aún los más grandes terminan siendo notas a pie de página que nadie lee.

¿Quién recuerda hoy a los sabios de Babilonia? ¿Quién se preocupa por los arquitectos del Imperio Asirio? ¿Dónde están los grandes bibliotecarios de Alejandría? La historia es una trituradora sin piedad, y el corazón humano, cuando se enfrenta a esta certeza sin redención, no halla más que desesperanza.

¡Pero gracias sean dadas a Dios! El mismo Dios que puso eternidad en nuestro corazón descendió al tiempo para redimirlo. Jesucristo, el Eterno encarnado, entró en la historia no sólo para salvarnos del juicio venidero, sino también para rescatar nuestras vidas presentes del sinsentido.

Cristo no es un “parche espiritual” para un alma aburrida; Él es el rediseño completo de nuestra existencia. Su encarnación y resurrección reescriben el destino humano: del polvo a la gloria, del olvido al memorial eterno, de la vanidad a la plenitud.

Él dijo: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.” (Juan 10:10). No abundancia en el sentido superficial y materialista que predican los mercaderes del evangelio, sino abundancia de propósito, gozo, y comunión con el Dios Trino.

No se trata de evadir el nihilismo, sino de matarlo con el gozo indestructible del Evangelio. Cristo es el único que puede dar peso eterno a nuestras obras, significado a nuestro sufrimiento, y nombre perpetuo más allá del sepulcro.

Fuera de Cristo, todo es olvido. En Cristo, “los que hacen la voluntad de Dios permanecen para siempre” (1 Juan 2:17). Nuestro nombre puede ser borrado de los monumentos, pero está inscrito en el Libro de la Vida. Nuestro rostro se desvanecerá de las fotografías, pero será resplandeciente en la gloria venidera.