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El autor de Eclesiastés se presenta como un empresario de la existencia, alguien que buscó el éxito invirtiendo en todos los "mercados" que la vida debajo del sol ofrecía: placeres, riquezas, proyectos grandiosos, y conocimiento. Pero su balance final fue desolador: "Vanidad de vanidades, todo es vanidad" (Eclesiastés 1:2). Su error no fue la falta de ambición, sino la orientación de su inversión. Todo lo que persiguió estaba limitado al horizonte temporal y terrenal: "debajo del sol".

Este "tiburón" quedó atrapado en un negocio sin rendimientos eternos porque descuidó lo más importante: el temor a Dios y la obediencia a Su Palabra, que el Predicador finalmente identifica como "el todo del hombre" (Eclesiastés 12:13). Aquí radica el verdadero éxito: no en acumular ganancias efímeras, sino en invertir en lo que tiene valor eterno.

¿Dónde estás invirtiendo tu vida?

Hoy, las aspiraciones humanas frecuentemente se limitan a la carrera profesional, el reconocimiento social, y la acumulación de bienes materiales. Pero, ¿cuál será el balance final de estas inversiones? Jesús advirtió: "¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma?" (Marcos 8:36). La mentalidad de tiburón no es suficiente si se dirige solo a las aguas superficiales de esta vida.