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El libro de Hebreos es, quizá, uno de los himnos más majestuosos a la supremacía de Cristo. En sus páginas, el Espíritu Santo eleva nuestros ojos al único en quien se concentra toda esperanza, gozo y gloria del creyente. Allí no hay espacio para jactancias humanas, ni para glorias prestadas; solo Cristo permanece como centro, como Rey, como Sumo Sacerdote eterno.

El autor de Hebreos insiste en que “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo… en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo” (Heb. 1:1-2). Este Hijo no es un mensajero cualquiera, no es un profeta más: es el resplandor de la gloria de Dios y la imagen misma de su sustancia. Nuestra gloria no puede ser otra que la suya, porque Él es la gloria encarnada del Padre.

La dignidad de Cristo supera la de los ángeles, de Moisés, de Aarón y de todo el sistema levítico. Mientras los antiguos sacerdotes ofrecían sacrificios repetidos e ineficaces, Cristo “se ofreció una vez para siempre, habiendo obtenido eterna redención” (Heb. 9:12). En este acto único se concentra todo el honor y la esperanza del pueblo de Dios. La gloria del creyente no consiste en su piedad personal, en sus obras o en sus méritos, sino en la sangre derramada de Cristo que abre camino al trono de la gracia.

El llamado de Hebreos es claro: “mantengamos firme la profesión de nuestra esperanza sin vacilar, porque fiel es el que prometió” (Heb. 10:23). La gloria del cristiano no se mide en riquezas, títulos o reconocimientos, sino en la firmeza con que se aferra al Hijo de Dios. Todo lo demás es hojarasca que el viento lleva; solo Cristo es roca inconmovible.

Hebreos nos recuerda que nuestra carrera no es hacia la fama terrenal, sino hacia el reposo eterno: “puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe” (Heb. 12:2). Él es el gozo que sostiene nuestra peregrinación, el motivo de nuestra alabanza, y la corona que un día recibiremos no por haber vencido con nuestra fuerza, sino porque “Él venció”.