“Miré yo luego todas las obras que habían hecho mis manos, y el trabajo que tomé para hacerlas; y he aquí, todo era vanidad y aflicción de espíritu, y sin provecho debajo del sol.” —Eclesiastés 2:11
Eclesiastés 2 es el testimonio íntimo y crudo de un hombre que vivió como si fuera eterno... pero despertó con sabor a óxido en el alma. Salomón no fue un bohemio cualquiera, ni un filósofo frustrado con ínfulas de influencer espiritual. Fue rey, sabio, millonario, artista, arquitecto, seductor, coleccionista de mujeres y de viñedos… en resumen: un volcán humano en plena erupción de proyectos y placeres. Pero terminó apagado.
Como esos volcanes majestuosos que ya no humean, Salomón se ve a sí mismo en el espejo de su biografía y dice: “todo es vanidad”. ¿El resumen de su existencia bajo el sol? Un álbum de selfies de lo logrado… pero sin alma.
EL BUFFET DEL MUNDO: HARTAZGO SIN SACIEDAD
Observe la precisión quirúrgica de los verbos en el capítulo: “Me engrandecí... me hice... adquirí... amontoné... me hice huertos... probé...” (Ecl. 2:4–10). Verbos activos, contundentes, sedientos. Parece una lista de propósitos de año nuevo para algún coach secular de YouTube. Pero Salomón no era un amateur del hedonismo; fue un catedrático con doctorado en placeres.
“No negué a mis ojos ninguna cosa que desearan” (v.10) — El eslogan del mundo moderno. Compró, contrató, construyó, cantó, comió, y coleccionó… mujeres, lujos, logros y éxito - ¿Resultado? Ceniza. Fastidio. Hastío.
LA CONTABILIDAD DEL ALMA: SALDO ROJO
Salomón hace un inventario espiritual en los versos finales. Y lo que encuentra no es gozo sino desilusión existencial: “Volví yo entonces a mirar la sabiduría, y los desvaríos y la necedad...” (v.12) - Mira su propio legado con la frialdad de un contable que cierra su negocio en quiebra. Lo tuvo todo... y no tiene nada. La fiesta terminó, el vino se acabó, los músicos se fueron, y el alma sigue sedienta.
Sí, la vida debajo del sol, esa expresión que repite como una letanía lúgubre, no tiene agua viva, ni pan verdadero, ni tesoros que no se corrompan. Solo tiene promesas infladas con humo. Todo aquello que parecía gloria, terminó siendo diamantina barata.
UNA HISTORIA DIFERENTE.
Pablo pudo saber lo que Salomón no conoció; que Cristo es el banquete del alma; y todo lo demás es migaja de mendigo. ¡Qué contraste glorioso es la vida de Pablo! No tuvo palacio, ni concubinas, ni jardines de Edén artificiales. Fue azotado, naufragó, vivió en prisiones, comió lo que pudo y predicó a quien quisiera escucharlo. Sin embargo, en su última carta —no al estilo de Eclesiastés sino con esperanza apocalíptica— escribe: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia...” (2 Tim. 4:7-8) - ¡Ese es el desenlace de una vida no vivida “debajo del sol”, sino en Cristo!
Salomón murió rico y seco; Pablo murió pobre y rebosante. Salomón murió con mil mujeres y sin consuelo; Pablo murió solo… pero rodeado de gloria futura. Salomón tuvo todo pero no halló sentido. Pablo lo perdió todo… y lo halló todo en Cristo.
UN VOLCÁN APAGADO O UN PEREGRINO CAMINO A LA DICHA.
Hermano, hermana: ¿estás viviendo como Salomón o como Pablo?
La vida sin Cristo es un carnaval insípido: luces de neón y risas enlatadas, promesas de plenitud que se marchitan al amanecer. En cambio, la vida en Cristo, aunque empapada de cruz y lucha, termina con corona, con gloria, con gozo verdadero. “Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente.” (Apocalipsis 22:17)
¡No más buffet de mundo! Ven al banquete del Cordero. No más migajas de vanidad. Corre a la mesa de la gracia. No seas un volcán apagado; sé un alma peregrina camino a la dicha y el gozo perpetuos en Cristo.