En algún punto de la eternidad, Dios escribió una asombrosa historia - llena de elementos y escenas que magnificaran su poder, su sabiduría, su majestad, su autoridad, su perfección, su providencia y su santidad - las criaturas rendirían eterna alabanza al Gran Creador.
Pero quiso Dios además ser reconocido por su bondad, su misericordia, su paciencia, su perdón, su gracia, su solidaridad y su salvación; ser adorado como el gran Redentor; y que la historia tomara ese curso de acción requería que Dios mismo entrara en el drama, se hiciera uno como nosotros y asumiera la culpa, la miseria, la maldad, la corrupción y el pecado de la criatura, para hacer posible la salvación de la creación. Y así sucedió - se estableció el plan; se firmó el decreto; se dispuso el PACTO ETERNO teniendo como garantía la sangre del gran pastor de las ovejas.
La relación entre Dios y su pueblo redimido siempre ocurre en el marco de un pacto; no por obras, ni por méritos; por su SOLA GRACIA para alabanza de Su gloria.
Tú eres un pueblo santo porque perteneces al Señor tu Dios. De todos los pueblos de la tierra, el Señor tu Dios te eligió a ti para que seas su tesoro especial. »El Señor no te dio su amor ni te eligió porque eras una nación más numerosa que las otras naciones, ¡pues tú eras la más pequeña de todas! Más bien, fue sencillamente porque el Señor te ama... {Deut.7.6-8 NTV}