UNA MESA DE GRACIA, NO DE MÉRITO
En Lucas 14, un hombre que escuchaba a Jesús exclamó piadosamente: “Bienaventurado el que coma pan en el reino de Dios” (v.15). Pero Jesús respondió con una parábola que desnudó el corazón de quienes presumían de su justicia. Aquel que se sentía seguro de estar entre los comensales del Reino, en realidad no entendía quiénes eran los verdaderos invitados.
Cristo describe una gran cena preparada con generosidad. La mesa está servida, pero los primeros convidados se excusan con argumentos mundanos: un terreno que atender, unos bueyes que probar, una boda recién celebrada (v.18–20). Todos ellos representan a quienes valoran más sus asuntos que el honor de sentarse a la mesa del Rey. Aquí el fariseísmo se desenmascara: es la religión de quienes creen tener derecho al banquete, pero no tienen hambre de gracia.
El Evangelio no es para los que creen merecerlo, sino para los que no tienen nada que ofrecer.
He aquí, una invitación para los que no tienen nada
Ante el desprecio de los primeros, el dueño de casa —imagen de Dios mismo— abre su convite a los pobres, mancos, cojos y ciegos (v.21). ¡Qué imagen tan clara de los que reconocen su necesidad espiritual! Ellos son los que saben que no pueden llegar por sus méritos. No traen dotes, ni vestidos finos, ni logros religiosos. Solo traen su quebranto, su miseria, y una disposición humilde a recibir.
Así es la gracia del Nuevo Pacto. En la Cena del Reino no hay lugares reservados para quienes confían en su piedad externa. No es apta para fariseos que oran de pie dando gracias por no ser como los demás (cf. Luc. 18:11), sino para pecadores que claman a Dios pidiendo misericordia.
Cristo es un Salvador perfecto; pero sólo para pecadores verdaderos. Y estos son los que Él mismo invita: "venid a mí".
He aquí una cena de caridad que humilla el corazón.
Cuando uno se sienta en esta mesa, no se jacta, se quebranta. Es una cena de caridad, es decir, de amor gratuito. Aquí no hay rangos ni méritos, sino un mismo pan para todos: Cristo crucificado por los indignos. Comer de este pan es participar de su muerte (1 Cor. 10:16), es renunciar a todo orgullo, es confesar: “Señor, yo no soy digno... pero di la palabra, y seré sano”.
Esta mesa —como símbolo del Reino— es una constante humillación al ego religioso. Por eso los que se creen llenos no se sientan. Solo los vacíos son llenados. Solo los pobres en espíritu son saciados. Es que la puerta del cielo es baja: sólo pueden entrar los que se agachan
VEN A LA CENA DE CARIDAD; TODO ESTÁ PREPARADO PARA LOS POBRES E INDIGNOS QUE BUSCAN A CRISTO.
El mensaje del Evangelio es claro y urgente: “Venid, porque ya todo está preparado” (v.17). No se nos pide traer nada, solo venir. ¿Te sientes indigno? Estás en el grupo correcto. ¿Te duele tu pecado? Este banquete es para ti. ¿Sientes que has fallado demasiado? Cristo preparó su mesa no para los limpios, sino para lavar con su sangre a los sucios.
No te excuses más. No alegues ocupaciones. No esperes a “estar mejor”. Ven tal como estás, con corazón sencillo y espíritu quebrantado. La Cena está servida. El Señor recibe con gozo a los que se reconocen pobres y necesitados.