Había pompa, había flores, había discursos. El ataúd era lujoso, y los asistentes bien vestidos. Al funeral del rico no le faltaba nada… excepto esperanza. A unas cuadras de allí, casi nadie se enteró de la partida de aquel mendigo cubierto de llagas, cuyo cuerpo fue depositado en la tierra sin ceremonia ni elegancia. Dos funerales. Dos historias. Un destino eterno contrastante.
Cristo nos relató esta parábola para abrirnos los ojos más allá del sepulcro. Lo que para el mundo es el final, para el alma es sólo el comienzo. Entre la muerte y la resurrección hay un estado intermedio: o una fiesta celestial, o un tormento consciente (Lucas 16:22-23). Lázaro fue llevado por los ángeles al “seno de Abraham”, un símbolo de reposo y comunión eterna con los justos. El rico despertó en el infierno, en medio de llamas y desesperación. La diferencia no estaba en sus condiciones sociales, sino en su relación con Dios.