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El sacramento de la Santa Cena, también llamado la Mesa del Señor, es uno de los momentos más sagrados y profundos en la vida de la iglesia cristiana. Instituido por nuestro Señor Jesucristo la noche en que fue entregado, este sacramento no es una simple ceremonia simbólica ni una tradición vacía, sino un medio de gracia por el cual Cristo mismo se nos da espiritualmente para fortalecernos en la fe.

La advertencia apostólica: “Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa” (1 Corintios 11:28), no es un llamado al legalismo o al perfeccionismo, sino a una reflexión reverente y evangélica. Por ello, urge responder con claridad: ¿qué significa participar “dignamente”? ¿Qué nos hace dignos de participar de la Mesa del Señor?

¿QUÉ NOS HACE “DIGNOS” DE PARTICIPAR DE LA MESA DEL SEÑOR?

1. No nuestros méritos, sino nuestras carencias

Contrario a la lógica del mundo, en la Mesa del Señor no se honra al fuerte, al exitoso o al justo, sino al necesitado, al humilde y al pecador arrepentido. No nos acercamos como quienes merecen un premio, sino como mendigos que extienden la mano para recibir misericordia.

Como afirma el Catecismo de Heidelberg: “¿Quién debe venir a la Mesa del Señor? Aquel que está descontento consigo mismo por sus pecados, pero confía que estos le son perdonados por Dios por causa de Cristo” (Pregunta 81).

2. No nuestra justicia, sino nuestra necesidad de perdón

Somos "dignos" no por la ausencia de pecado, sino por la conciencia profunda de nuestro pecado y la fe viva en el perdón de Dios. Tal como los pobres son dignos de compasión y los enfermos de cuidados, los pecadores contritos son dignos del consuelo de Cristo.

Jonathan Edwards lo expresó así: “Los sacramentos no son premios para los santos, sino alimentos para los hambrientos”. Participar indignamente es hacerlo con arrogancia o hipocresía, no con necesidad.

3. Nuestra condición de miserables nos lleva a la mesa, no para exaltarnos, sino para humillarnos

La dignidad del creyente en la Cena no nace de sí mismo, sino de la dignidad de Cristo. Somos como el leproso que clama: “Si quieres, puedes limpiarme” (Marcos 1:40). No venimos con la frente en alto, sino con el rostro en tierra, como el publicano que se golpeaba el pecho diciendo: “Dios, ten misericordia de mí, pecador” (Lucas 18:13).

Y he aquí el misterio glorioso: Dios no desprecia al corazón quebrantado. Cristo no vino a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento (Lucas 5:32). Entonces, la gloria, la alabanza y el mérito pertenecen enteramente a Él. Nuestra dignidad es la gracia de Cristo aplicada a indignos.