HABLEMOS LA VERDAD, VIVAMOS LA VERDAD
Los humanos tenemos un serio problema con la verdad; la escondemos, la falseamos, la resistimos, la disimulamos, la negociamos, la callamos, la prostituimos, la acomodamos, la ignoramos y la negamos.
La corrupción, el fraude, la traición, el chisme, la calumnia, la tranza, el cohecho, la malversación, la deshonestidad y el engaño son solo algunos de los males que derivan de la oposición a la VERDAD.
Ya sea en un tribunal de justicia, o en la campaña de algún político, en el taller del mecánico, o en el negocio de quien sea, la corrupción y el engaño hacen de las suyas torciendo la justicia y la verdad con el lema "el que no tranza no avanza".
Otras veces, se minimiza el engaño al hablar de "mentiras piadosas", "omisiones", o "imprecisiones" - como si esos términos redujeran la gravedad del pecado de la mentira.
El cristianismo, que no es principalmente un discurso ni una filosofía, sino un estilo de vida, es totalmente opuesto a la cultura de fraude y engaño - un cristiano auténtico no puede, por lo tanto, dar cabida a la falsedad ni a la mentira.
"Que tu sí, sea sí" - significa que tu palabra debe ser veraz; que no es necesario que hagas un juramento para añadir veracidad a tus palabras, sino que la verdad, la honestidad y la integridad sean los distintivos de tu carácter y de todo cuanto declares con tu boca.
Es en estos asuntos prácticos donde se hace evidente la diferencia entre los hijos de las tinieblas y los ciudadanos del reino de la luz - hablamos con franqueza, hacemos justicia, detestamos el fraude, denunciamos el engaño, proclamamos la verdad.
Como nuestro Rey es santo y verdadero; anhelamos vivir en santidad y verdad.
"Pero sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede" (Mat 5.37)