“Uno de los peligros al no gobernar sobre nuestros pensamientos y dejar que nuestras emociones vaguen sin control, es que nuestro corazón se corromperá a causa del pecado (distorsionando nuestra identidad y la forma de interpretar la realidad que vivimos), generando en nosotros posturas justificadas por nosotros mismos pero reprobadas delante de Dios”