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El ser humano, por naturaleza, es susceptible a dejarse llevar por los excesos. En gran medida es el pecado el que dirige sus deseos y pasiones hacía la autosatisfacción y la autocomplacencia de manera desenfrenada y excesiva. Pero Dios el Espíritu Santo le da templanza para que pueda moderar sus impulsos y gobernarlos, en lugar de estar sometido a ellos.