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Jesús lo dice claramente: “Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen” PORQUE el Padre ama siempre a todos, aunque no sea correspondido, es este tipo de amor el que nos caracteriza como cristianos.

Todo el mundo sabe hacer el resto: amar a quien nos ama, dar a quien nos da algo a cambio, saludar a quien nos saluda.

El odio y las represalias son una tentación muy fuerte. Si uno se porta bien, yo me porto bien; si uno se porta mal, yo me porto mal. Seguimos tan esclavos del mal cuando en cambio deberíamos preguntarnos: ¿quién soy yo realmente? ¿Quienes somos? La lógica del espejo no nos hace crecer en libertad y fraternidad. Además nos hace aún más infelices, porque la venganza no rompe en absoluto la cadena del mal y no cambia las cosas en profundidad.

Dios ve más allá. Él sabe cómo ganar. Sabe que las represalias nunca conducen a la resolución de conflictos. Sabe que el mal sólo puede vencerse con el bien y nos enseña esta sabiduría (cf. 1 Cor 3, 18-19). El mal sólo pierde fuerza cuando encuentra un corazón paciente.

Amar y perdonar nos hace vivir como vencedores. Con nuestras propias fuerzas nunca lo lograremos, pero el Espíritu Santo nos lo permite.

Todos tenemos a nuestro alrededor gente que nos trata mal, que nos fastidia, que nos cuesta aceptar, que nos molesta, que nos quita la serenidad. Antes de aplicar las palabras de Jesús a los demás, tratemos de desarmar nuestro corazón.

Oramos por todas las personas involucradas en los grandes conflictos que tienen lugar en el mundo. Como dijo Gino Strada: “La guerra, como las enfermedades letales, debe prevenirse y tratarse. La violencia no es la medicina adecuada: no cura la enfermedad, mata al paciente. (...)

Tenemos que convencer a millones de personas de que la abolición de la guerra es una necesidad urgente y una meta alcanzable. Este concepto debe penetrar profundamente en nuestras conciencias, hasta que la idea de guerra se convierta en un tabú y sea eliminada de la historia de la humanidad”.