El Evangelio de hoy nos invita a mirar la realidad con otros ojos. Juan, desde la cárcel, manda a preguntar si Jesús es realmente el Mesías. Y Jesús no responde con teorías, sino con signos concretos de vida: “los ciegos ven, los cojos andan, los sordos oyen, los muertos resucitan y los pobres son evangelizados”. La fe cristiana no se sostiene en explicaciones abstractas, sino en acontecimientos donde la vida vuelve a florecer, donde el dolor es acompañado, donde la esperanza respira.Isaías nos regala una imagen llena de ternura: el desierto florece. Donde parecía haber silencio, tristeza o cansancio, brotan flores; y donde había miedo, aparece una voz que dice: “Sed fuertes, no temáis. Dios viene en persona y os salvará”. La salvación de Dios no comienza con estruendo, sino con signos suaves y persistentes, como cuando una flor rompe lentamente la tierra seca para nacer. Los ojos se abren, los corazones se fortalecen, los cojos saltan. Y al final, los rescatados vuelven a casa con cantos de júbilo, quedando atrás la pena y la aflicción. Adviento es creer que la vida tiene la última palabra.