En el corazón de Jesús hay un gran deseo, una pasión: “He venido a traer fuego a la tierra, ¡y cuánto quisiera que ya estuviera ardiendo!”. No se trata del fuego que purifica o del que acompaña el castigo divino (cf. Lc 9,54), sino de otro fuego: el que arde en el corazón de Jeremías (Jer 20,9) y le impide renegar de la misión que el Señor le ha confiado; el que alimenta el celo del profeta Elías (Eclo 48,1); aquel con el cual el Señor se manifiesta a Moisés (Ex 3,2), un fuego que arde sin destruir; el que hace arder el corazón de los dos discípulos en el camino de Emaús, mientras el Resucitado camina con ellos; el del Espíritu Santo en el día de Pentecostés.Este es el fuego que Jesús ha venido a traer: el amor de Dios, una fuerza positiva que debe encender los corazones y renovar la tierra. Es el deseo ardiente de Jesús.