En la entrada del Nuevo Año, son los pastores quienes nos presentan a Jesús, María y José, presentes en Navidad. Nos ayudan a acercarnos a Cristo, no solo durante el nuevo año, sino a lo largo de toda nuestra vida. Son los pastores quienes nos muestran cómo acercarnos a Dios, cómo crecer en nuestra conexión con Él. Cada uno de nosotros está invitado a meditar y prestar atención a los pastores que aparecen en nuestro camino. Nos enseñan tres actitudes.
Tener una fe confiada.
Justo después del anuncio del ángel "Ha nacido para ustedes un Salvador, que es el Cristo el Señor", los pastores se pusieron en marcha con prontitud para glorificar al Cristo y al Señor. Los pastores son creyentes confiados, creen en lo que se les anuncia porque tienen una gran apertura en sus corazones, lo que les permite aceptar lo que, por sí mismos, nunca habrían imaginado: ¡"Un Salvador ha nacido para nosotros"!
En el umbral del Año Nuevo, los pastores nos ayudan a perseverar en una gran confianza en Dios, quien se ha acercado a cada uno de nosotros al venir a nuestra humanidad, haciéndose hombre y naciendo entre nosotros.
Experimentar al Salvador en nuestra vida.
Los pastores son hombres de fe y confianza, pero no se conforman con creer. Necesitan ver, necesitan experimentar al Salvador en sus vidas. Se ponen en marcha, aceptan recorrer el camino para encontrarse con Jesús, María y José. Y lo hacen juntos, animándonos con su ejemplo a hacer lo mismo: recorrer el camino juntos para buscar, encontrarse y descubrir al Señor.
Los pastores llegaron a Jesús: aceptaron embarcarse en un camino de fe y descubrieron que el camino que habían elegido era el correcto. Nos animan a avanzar juntos en el camino de la fe, en la Iglesia, rodeándonos de hermanos y hermanas que se convierten en compañeros de viaje atentos y generosos apoyos. Es caminando juntos que nos damos cuenta de las maravillas y la bondad del camino que hemos elegido. Los pastores nos instan a avanzar en el camino de la fe también con otros, haciendo de nuestra vida cotidiana una realidad marcada por la alabanza y convirtiéndonos en testigos de que el Salvador ha nacido entre nosotros. Después de experimentar al Dios Salvador del pesebre, podemos buscar glorificar a Dios en nuestra vida, un poco más cada día, hasta que nuestra vida se convierta en una alabanza a la gloria de Dios.
Ser contemplativos, humildes y atentos en nuestras acciones.
En cuanto a María, la Madre de Dios que honramos especialmente al comienzo del Año Nuevo: san Lucas nos dice que "guardaba todas estas cosas en su corazón" (Lc 2, 19). María se caracteriza por su acogida, su fe y confianza en una actitud humilde y atenta.
De Gabriel había aprendido que su hijo sería el Mesías, Hijo de Dios y Señor; de los pastores que recibieron el anuncio del ángel sabía que era el Salvador. Pero María, con toda certeza, no sabía concretamente qué significaban y, menos aún, qué significarían estos títulos. María medita sobre todo esto en su corazón, porque está lejos de haberlo comprendido todo. Es con una disposición interior recogida, humilde y atenta, siguiendo el ejemplo de María, que podemos acoger la voluntad de Dios en nuestra vida y decir sí a su proyecto de paz, unión y amor. Dios no se muestra en el ruido de nuestras teorías, nuestras tesis, nuestros bonitos discursos y mucho menos en nuestros corazones llenos de ruido y haciendo todo como si fuéramos nosotros los salvadores del mundo y de los pueblos. Es con una disposición recogida, humilde y atenta que Dios se encarnó, y es con estas mismas actitudes que Dios se encarna en nuestros proyectos y en nuestra misión.
En este primer día del Año Nuevo, pedimos el don de la paz para cada uno de nosotros y para el mundo entero, especialmente para los países en conflicto armado. Que muchas mujeres, hombres y niños en medio de estas guerras encuentren pastores que les lleven la buena noticia de la paz. Finalmente, en el umbral del nuevo año y en los días venideros, que el Señor nos conceda la bendición propuesta en la primera lectura: "El Señor te bendiga y te guarde. El Señor haga resplandecer su rostro sobre ti y te conceda gracia. El Señor te mire con benevolencia y te dé paz" (Nm 6,22-26).