De "¡Hosanna! ¡Gloria al Hijo de David!" a "¡Crucifiquenlo, crucifiquenlo!" de la multitud anónima.
Jesús lo había predicho. Los Evangelios sinópticos de Mateo, Marcos y Lucas relatan tres anuncios respectivamente de la pasión por parte de Jesús.
¡Qué cambiante es el ánimo del pueblo! ¡Cómo pasa de la exaltación al odio! La entrada en Jerusalén es solo un triste y efímero éxito. Es como el último destello de luz de una vela que anuncia el fin. Todo se precipita. Aquel que es reconocido como el Hijo de David se convierte en el Hombre de los dolores, acostumbrado al sufrimiento.
Y no solo eso: hoy, en el contexto de la amistad y la íntima comunión de esa última cena "ardientemente deseada", sorprende y hiere la confianza de Jesús en sus discípulos: "Les aseguro que uno de ustedes me traicionará". Sería una gran gracia de verdad, si ante estas palabras, todos nos sintiéramos llamados a responder sin distinción: "¿Seré yo, Maestro?"
"Velen y oren para no caer en tentación. El espíritu está dispuesto, pero la carne es débil". Jesús nos ha advertido.
Hoy, todas nuestras preguntas sobre por qué del mal, sobre el sentido profundo de las injusticias que afectan al mundo, sobre los cambios repentinos que destruyen nuestras relaciones a pesar de la venida de Jesús, de alguna manera entran en Jerusalén con Jesús mismo. Allí estamos llamados a seguirlo una vez más, día tras día, hasta la cruz donde se revelará la gloria de Dios, la gloria del Cristo que da la vida por mí, por nosotros, por todos gratuitamente. ¡Locura de amor!
Comencemos esta Semana Santa con los ojos de Cristo mirando a Pedro en esa noche y la Palabra de Cristo dirigida a Judas: Amigo.
Llevar en nosotros - como arca de la alianza - su Palabra, su promesa "Yo estaré siempre con ustedes", nos permite enfrentar al enemigo y las batallas cotidianas de la vida con y en Cristo. Lo que no significa ser invulnerables, sino ir a la muerte vivos, "morir de pie como los árboles" (1), como los testigos. Como Él.
(1) Dom P. Casaldaliga