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La vida está llena de mucha belleza y bondad, pero también está marcada por experiencias dolorosas, traumáticas, de soledad o angustia ante una situación de enfermedad incurable. Puede ser el profundo dolor y el llanto sin fin de quien ha perdido a un hijo en plena infancia o juventud, o de quien se siente impotente ante una difícil realidad que no está en sus manos resolver. A esto, a veces, se añade la depresión. Cualquier situación humana en la que no hay signo de vida, paz y alegría puede convertirse en tristeza, desesperación y muerte.
Palabra que Ilumina
La vida, a pesar de estos duros golpes, conserva una luz de esperanza y una fuerza oculta que permite emerger de todo aquello que no es vida, de lo que aflige y oprime el corazón, de lo que esclaviza, de esos momentos de oscuridad. Y quien hace posible lo que es imposible para el hombre es la presencia de Jesús.
En el evangelio de este domingo aparecen dos figuras femeninas: una mujer que sufre mucho desde hace 12 años a causa de una grave enfermedad: tenía hemorragias y, por lo tanto, pérdida de vida. Está afligida porque su condición es grave y parece que no hay esperanza de curación. La otra figura femenina es la hijita de doce años de Jairo, un jefe de la sinagoga, que está muriendo. Las dos mujeres protagonistas del evangelio están bloqueadas por la enfermedad y la muerte.
La mujer con hemorragia tiene un fuerte deseo de "tocar" las vestiduras de Jesús para "ser salvada" y se siente impulsada hacia la fuente de vida, y va hacia la persona que cree que puede curarla porque para ella la salvación es que el sangrado se detenga. Una fuerza emana de Jesús, y Él de inmediato la tranquiliza dándole vida en plenitud de salud a través de la fuerza de la fe, la confianza y el coraje de esta mujer. Jesús, además de sanar el cuerpo de la mujer, transforma su gesto desesperado en una relación liberadora con Él y al mismo tiempo la reintegra en la vida social.
Esta y otras curaciones manifiestan la amorosa cercanía de Dios en Jesús, quien no solo se deja tocar por quien busca la vida en Él, sino que él mismo toca a las personas. Esto sucedió con la hija de Jairo, un jefe de la sinagoga. Es Jesús mismo quien "toma de la mano" a la niña recién muerta y hace que la vida vuelva a fluir en el cuerpo y la sangre de la niña. Aquí también, además de "resucitar" a esa hija, Jesús restaura la plenitud de las relaciones porque, de hecho, el milagro ocurre en presencia de los padres a quienes se devuelve la niña.
Estos milagros nos revelan que a través del cuerpo de Jesús, Él da vida, levanta a los muertos, sana a los que sufren y libera de todo mal. Nosotros tenemos el don de su Palabra y de los Sacramentos que producen estos efectos en nuestra vida, aunque a veces no seamos completamente conscientes. Tocamos la humanidad de Jesús y, al tocarla, tocamos su divinidad y somos inevitablemente tocados por su divinidad que nos moldea, nos transforma, nos consuela, nos redime, nos absorbe porque su poder y ternura entran en nosotros.
Actuar
Nos pide a nosotros, como pidió a Jairo: "No temas, solo ten fe". Solo pide la confianza y el abandono a Él y a su Palabra.