Hoy es el "domingo de laetare", el domingo de alegría dentro del camino penitencial de la Cuaresma que hemos estado recorriendo durante un mes.
En realidad, cada domingo es una celebración de alegría y todas nuestras celebraciones y actos de oración deberían conducirnos a la alegría.
El Evangelio de hoy parece discordar con este llamado a la alegría. Se habla de condena, de Jesús siendo levantado en la cruz, de una luz que tendemos a esconder dentro de nosotros. ¿Qué tiene todo esto que ver con la alegría?
La fe cristiana se basa en una experiencia. Siempre es el fruto del reconocimiento de nuestros pecados y fragilidades que encuentra la mirada misericordiosa de Dios que nos ama y nos acoge tal como somos.
Es de este encuentro que nace la verdadera alegría, aquella que nadie podrá quitarnos jamás. Es la alegría de quien se siente amado por lo que es. Es la alegría del creyente que se siente acogido y amado por Su Creador, a pesar de sus pecados y caídas. Es la mirada del hombre que se da cuenta de que está siendo mirado y amado por Dios incluso antes de buscarlo.
Y nadie podrá quitarnos esta alegría porque no depende de ningún factor externo. Es parte de nuestro propio ADN, el de ser hijas e hijos amados por Dios.
Y la prueba de que Dios nos ama tal como somos es que de lo contrario nos habría hecho de otra manera. Si nos hizo así es porque nos quiere y nos ama tal como somos. Ese es precisamente el significado de la expresión de que hemos sido hechos "a su imagen y semejanza".
¡No dejemos de alegrarnos! Y si aún no hemos experimentado esta gran alegría, la Cuaresma quizás sea el momento adecuado para empezar.