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Durante estos días de campamento de verano aquí en Keba (República Democrática del Congo), los animadores llaman la atención de los numerosos niños con lemas, uno de los cuales es "¿watoto ni nini?" (¿Qué son los niños?). La respuesta en coro y a todo pulmón es "ni masikio" (son orejas), destacando lo importante que es para un niño aprender a escuchar. Pero la escucha no es solo cosa de los pequeños, de hecho, como nos recuerda el gran mandamiento "Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios, el Señor es uno ", la escucha es la base de la fe, de la relación con Dios y con el prójimo. Incluso el camino sinodal nos renueva esta invitación a convertirnos en oyentes.

El Evangelio de este domingo nos interpela precisamente acerca de nuestra capacidad de escuchar. Después de hablar a la multitud a través de varias parábolas, Jesús cuenta la parábola del sembrador y luego explica a sus discípulos por qué habla en parábolas, quizás respondiendo a la objeción de alguien que hubiera deseado un lenguaje más directo y de interpretación unívoca. En cambio, a Jesús le gusta precisamente esta forma de enseñanza, que llega al interior del oyente y al mismo tiempo lo deja libre de aceptarla o no.
Jesús mismo, la Palabra sembrada por el Padre en esta tierra, es una parábola viviente, generosamente ofrecida a todos pero que requiere una escucha total, con oídos, ojos y corazón para ser acogida y dar fruto en la vida de cada uno. Y este fruto es de alegría: "¡Dichosos ustedes, porque ven y escuchan!"

El Señor cita al profeta Isaías para advertirnos sobre la posibilidad de una escucha vacía que no logra hacer llegar la palabra a su destino: "Oirán y no entenderán, verán y no percibirán. Porque el corazón de este pueblo se ha vuelto insensible, se han endurecido sus oídos y han cerrado sus ojos. Que no vean con los ojos, ni oigan con los oídos, ni comprendan con el corazón, para que no se conviertan y yo los sane".

Escucha de oídos, de ojos y de corazón: ahí está la buena tierra que permite que la semilla dé o no un fruto extraordinario, porque la fuerza excepcional que hay en la semilla solo puede liberarse en una gran sinergia con el tipo de terreno que la recibe.
Ante la realidad de nuestra dureza e insensibilidad, Jesús muestra una actitud de firme y obstinada esperanza, por eso no escatima la semilla de su palabra y la arroja incluso donde parece ser un desperdicio, con una generosidad que no desaprovecha ninguna oportunidad.
De la misma manera, se entregará "hasta el final", con una total implicación, permaneciendo para siempre como esa semilla de amor arrojada por el Padre para sacudirnos de nuestra letargia y sanar nuestro corazón.