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Toda la cristiandad celebra un evento extraordinario: Dios entrega Su Espíritu a la humanidad. No hay regalo más excepcional y para nosotros incomprensible.

Nuestro espíritu, entonces, está habitado por Su Espíritu y gracias a este don inmenso, también podemos llevar al mundo los frutos del Espíritu de Dios.

 

Con el aliento de Dios hemos sido creados, con el único Espíritu del Padre y del Cristo resucitado, es decir, con su misma energía de vida, una energía creativa que nos convierte en criaturas en relación de amor. Hemos renacido y podemos vivir en sintonía de sentimientos y acciones con la "Comunidad trinitaria" y ser testimonio de su mutuo amor.

 

El Espíritu, entonces, es un don ofrecido a nuestra debilidad para que podamos aprender a amar y luego dar, a su vez, los mismos frutos derivados del don del Espíritu que se nos concede cada día y que celebramos solemnemente en Pentecostés. El Espíritu es un don inmenso que, al habitar en nosotros, nos capacita para vivir con su fuerza vital y creativa del bien, y nos habilita para producir y luego ofrecer a los demás esos mismos dones.

 

En este punto, me surge espontáneamente la pregunta: ¿qué ha pasado con los Dones del Espíritu Santo en nuestra memoria y en nuestras acciones? 

 

Esperando que no estén depositados inactivos en algún rincón del cerebro, propongo un "repaso" que seguramente no hace daño, para poder hacer que nuestros pensamientos, deseos, elecciones y acciones sean un poco más espirituales.