Cuaresma es subir la montaña, dejarnos guiar por Él, apartarnos y elevarnos de la mediocridad, de la banalidad diaria, de una fe tibia, de una manera mezquina de amar, de una esperanza que se ha vuelto incolora y una luz que se está apagando.
La Cuaresma es como una exigente caminata por la montaña que requiere mantener la vista en el camino, marcar el ritmo y respirar profundamente. Una ascensión difícil que puede desalentarnos, al punto de que deseamos detenernos a mitad del camino y regresar. Debemos perseverar para poder llegar a la cima y contemplar la luz que emana de Jesús transfigurado, una luz que renueva nuestro encuentro personal con el Maestro, renueva nuestro amor por Él, por su proyecto, por el Reino.
La alegría de la experiencia mística que se deriva de ella puede llevarnos a decir, como Pedro: hagamos tres tiendas, quedémonos aquí en la montaña, es tan hermoso, gratificante, me consuela. Jesús se acerca a nosotros y nos susurra: es hora de bajar, regresar al camino, para encontrarnos, acoger, consolar, sostener, incluir, reconocer, escuchar, amar.
Una voz nos indica lo que debemos llevar con nosotros en el descenso: «ESCÚCHALO». Escuchar a Jesús, reconocerlo en su Palabra, escuchar su voz en los hermanos, en las hermanas, en las múltiples voces que encontramos en el camino, en las voces con tonos nuevos que a veces parecen lastimar nuestros oídos. Saber reconocerlo para aprender a escuchar, responder, caminar juntos.
Jesús se acerca a nosotros y toca nuestros miedos, vacilaciones, indecisiones y nos dice: «¡LEVÁNTATE, NO TEMAS!». Atrévete a ponerte de pie, dar los primeros pasos, y si ya estás en el camino, haz tu paso más firme. En la dificultad, en el conflicto, en el ruido, en la caída, en la alegría del camino, Él te dice: «¡No temas, estoy contigo!».
Divino Espiritu santo, te pedimos que seas nuestra compañera, que camines con nosotros, para señalarnos el camino a seguir, hacer nuestro paso firme en la ascensión, respirar con nosotros y en la cima cuidar nuestros ojos, danos la oportunidad de contemplar a Jesús, renueva nuestro amor por Jesús, por el Reino.
Divino Espiritu santo, desciende con nosotros al valle, guía nuestros pasos al encuentro, educa nuestros oídos para escuchar, enseña a nuestras manos a abrirse y extenderse para curar y consolar, habita en nuestro corazón para revestirlo con tu fuego de amor. Amén.