La transfiguración es contemplar a Jesús desde dentro, para conocer su corazón, sus deseos más íntimos, las dinámicas de su vida y el desvelamiento de su interioridad. Al mismo tiempo, ante Jesús transfigurado, tenemos la oportunidad privilegiada de mirar dentro de nosotros mismos y descubrir nuestra verdadera identidad.
La montaña es un lugar de intimidad con Dios, de escucha y discernimiento; un lugar donde muchos profetas y discípulos han recibido una misión y han sido bendecidos. Jesús sabía reservarse momentos en la montaña, momentos de comunión y escucha del Padre; allí buscaba sentido y fuerza para su misión.
En el Monte Tabor, deja transparentar su corazón; ante la mirada asombrada de los discípulos revela lo que una visión superficial no capta: es pura compasión, bondad, acogida y amor. Jesús, profundamente recogido, recibe la presencia del Padre y su rostro cambia. Solo en la oración y el silencio es posible vislumbrar, en la fe, algo de su identidad más profunda.
El texto nos presenta un solemne mandato: "Este es mi Hijo, el elegido. Escúchenlo". Escuchar debe ser la primera actitud de los discípulos. Debemos interiorizar nuestra religión si queremos fortalecer nuestra fe. No basta con escuchar el Evangelio de manera distraída y rutinaria, sin ningún deseo de acoger la palabra. Tampoco es suficiente escuchar de manera inteligente y teórica, preocupados solo por entender. Debemos escuchar a Jesús vivo en lo más profundo de nuestro ser; debemos dejar que la Palabra descienda de nuestra mente al corazón, para que nuestra fe sea contagiosa, alegre y llena de fuerza.
Nuestra vocación es transfigurarnos, saber ver más allá de las apariencias e imágenes, para captar la originalidad y riqueza de nuestro ser. Dejar traslucir la verdadera identidad significa dejar emerger lo más noble en nosotros; es reconocer que somos plenitud que rebosa, fuente inagotable de sueños, creatividad, inspiraciones, audacias y novedades; es comprender que somos "hijos amados", engendrados por la misma Fuente y transparencia de ella.
Una vez que estamos transfigurados en Cristo, estamos llamados a ser una presencia que transfigura la realidad en la que vivimos. No estamos llamados a quedarnos en la montaña, aislados y acomodados, sino a bajar a la vida cotidiana, con todos sus conflictos, y vivir lo que hemos visto y escuchado, con una actitud de bondad, compasión y servicio. Es necesario transfigurar nuestras relaciones humanas, rompiendo el círculo de la intolerancia, el juicio rápido y la indiferencia, porque una vida, una cultura, una sociedad que no se transfigura, que no trasciende la existencia y sus contenidos, se deshumaniza.
La Transfiguración despierta en nosotros una nueva mirada para percibir con mayor claridad los hechos y lugares por los que transitamos, una nueva disposición para dar sentido y valor a las relaciones cotidianas y comunitarias, una presencia solidaria para ponernos en el lugar de los demás, una nueva sensibilidad para ver la Presencia de Aquel que se "deja transparentar" en todos los "Tabores" de la vida.
Vivir la Transfiguración significa involucrarse en el proceso de continua transformación de la vida, esperando la transfiguración definitiva.