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Cuando reflexiono profundamente sobre estas tiernas palabras de Jesús, me siento feliz y afortunada de haber conocido a Jesús y su enseñanza. Contemplo esta maravillosa imagen de la gloriosa venida de Cristo Rey del cielo y de la tierra, rodeado por los ángeles y todas las naciones reunidas a su alrededor. Es una imagen que llena el corazón de alegría y esperanza.

Jesús nos invita a la fiesta del Reino y ya nos reserva un lugar a su derecha. Se preocupa por introducirnos en el Reino de su Padre: ¡qué felicidad! Parece que, a diferencia de los príncipes de este mundo, él no tiene celos de compartir con nosotros lo que tiene más querido, su herencia, el Reino de su padre, ya que en él también somos hijos e hijas de Dios (cf. Jn 3,2).

Pero, concretamente, ¿quiénes son estos "benditos por el Padre" o aquellos para quienes ha sido preparado el Reino desde el principio del mundo (v.34) de los que habla Jesús? No es difícil identificarlos porque Jesús mismo ya nos revela el secreto: son aquellos que han sabido reconocerlo y servirlo en los pobres y en los últimos de este mundo: los enfermos, los encarcelados, los refugiados, los hambrientos y sedientos, los migrantes, los huérfanos, los inocentes, los sin hogar... (cf. vv.35-36). Aquí se trata de la práctica de toda obra de misericordia corporal y espiritual que nos abre las puertas del cielo. Todo esto nos lleva a comprender que la indiferencia no tiene lugar en el corazón de Dios. Y por eso no debe tenerlo en el corazón del hombre; porque Dios nos ha hecho a su imagen. Como él, somos seres relacionales, sensibles e interdependientes. Todos somos pobres y deudores ante él. Y a pesar de esto, a nosotros que lo hemos conocido por gracia, nos ha confiado a los pequeños y pobres de este mundo; aquellos para quienes nuestra ayuda es vital para vivir con dignidad en este mundo.

Sin embargo, creo también que lo que Jesús nos pide hacer aquí va más allá de satisfacer las necesidades materiales. Estos pobres son también aquellos que, más allá de las necesidades materiales, tienen hambre y sed de Dios mismo, la Fuente inagotable de todo bien. Entonces, la caridad más grande consiste en compartir con ellos lo que tenemos aquello más querido: el conocimiento de Dios y su amor por toda la humanidad y especialmente por la humanidad que sufre. Cada sufrimiento vivido en comunión con Cristo se ilumina y adquiere un nuevo significado.

En la fe, estos pobres son también otros Cristos para nosotros: "Cada vez que lo hicieron a uno de estos pequeños, a mí me lo hicieron; cada vez que no lo hicieron (...) no me lo hicieron" (cf. v 40; v 45). Por lo tanto, estamos llamados a amar y servir al Señor generosa y gratuitamente en los pobres para expresar el amor y la gratitud hacia Jesús, que en su vida y especialmente en la cruz, lo dio todo a todos, gratuitamente y para siempre (Cf. Padre Santiago Spagnolo sx).

El evangelista Mateo también nos exhorta a reflexionar constantemente sobre nuestra responsabilidad personal en la forma en que vivimos nuestra vida cotidiana. Nuestro destino último, de hecho, se juega en la profundidad actual de nuestra vida en relación con Dios y con el prójimo, en la perspectiva de la espera de la venida de Cristo Rey del universo, Juez Supremo. Para estar siempre listos, lo esencial se convierte entonces en el deseo y el compromiso diario de imitar a Jesús, amando siempre a Dios y a los hombres. En otras palabras, ¡nunca Dios sin el hombre y nunca el hombre sin Dios!