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“Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.”

Génesis 3. 15

Tal vez puedas llegar a ver este versículo que leí tan distante a tu historia (como puede llegar a ocurrirnos equivocadamente con todo el antiguo testamento) que no logres darte cuenta de cómo este corto verso conecta de un modo tan profundo contigo.

El contexto aquí es que Adán había acabado de pecar luego de haber sido tentado por la serpiente, trayendo, por medio de su rebeldía, eterna condenación y maldición sobre él y sobre la humanidad que de él descendería. Pero en medio de este panorama tan desolador y tan justo a la vez, Dios anuncia una maravillosa esperanza para la humanidad, a medida que pronuncia estas palabras de maldición sobre la serpiente, diciéndole: la simiente de la mujer, es decir, el Hijo de la mujer, “te herirá en la cabeza, y tú lo herirás en el talón”, palabras proféticas que fueron ya cumplidas a la perfección, como te mostraré a continuación.

Jesús fue hijo, humanamente hablando, tan solo de la mujer (es decir, de María, sin intervención de José), concebido por el Espíritu Santo, siendo, de este modo, totalmente humano y totalmente Dios. Jesús es entonces la simiente de la mujer. Este Hijo de Dios fue herido por la serpiente en su talón, viendo esto cumplido en el hecho de que Jesús fue humillado, maltratado y asesinado en la cruz por mano de la humanidad pecadora derivada de Adán y de Satanás mismo. Pero, aun cuando ellos creían haber derrotado a Dios matando a su Hijo, Cristo, al tercer día resucitó de entre los muertos, asestando de este modo un letal golpe sobre la cabeza de la serpiente, venciendo así a la muerte, al pecado y a Satanás para siempre. De esta manera es como podemos ver cumplidas en nuestro glorioso Jesucristo, cada una de las palabras de Dios prometidas en Génesis 3. 15.

Pero ¿En qué se relaciona esto contigo? En que como vimos, tú naces siendo un descendiente de Adán, y por tanto, llevas en tus venas, desde el mismo momento en que vienes a la vida, este virus del pecado, que te dota de una capacidad innata de desobedecer a cada uno de los mandamientos de Dios, sin que nadie jamás te lo haya enseñado a hacer. Como constancia de ello, puedes analizar a consciencia tu propia vida, y observar si no ha ocurrido esto contigo, desde que eras un pequeño niño, hasta hoy. Pero así como Adán escuchó esas palabras Divinas de juicio, también escuchó aquellas palabras de esperanza descritas en Génesis 3. 15, prometiendo la venida de un Salvador, y esas palabras también fueron plasmadas allí para ti.

Solo Jesús puede cambiar tu paternidad espiritual de hijo de Adán condenado a Hijo de Dios adoptado, y aquí es donde todo esto conecta contigo. Solo Cristo puede revertir esa maldición de Adán que persigue a todo ser humano desde que nace, para devolvernos entonces ese precioso estado de paz con Dios que teníamos en Edén antes de la entrada del pecado en el mundo. Solo Jesús puede hacerte nacer de nuevo… ¡Cree en Él!… pues es el momento justo para que pienses acerca de quién quieres que te represente delante de Dios una vez cierres tus ojos para siempre ¿Adán o Cristo?