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"Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó"

Lucas 15:20

Un abrazo, una cosa tan sencilla pero tan compleja a la vez. Muchos estudios se han llevado a cabo alrededor de los efectos terapéuticos de un abrazo. Es sabido que un abrazo produce en nosotros oxitocina, una hormona intensamente afectiva que no solo calma y satisface a nuestro sistema nervioso central, sino que además tiene efectos positivos conocidos sobre nuestro sistema muscular, cardiovascular e incluso inmunológico.

¿Recuerdas cuando de niño alguien te abrazaba en medio del dolor y podías sentir con un suspiro casi que ese alivio inmediato? Naturalmente tenemos muchas razones para querer abrazar y ser abrazados.

Pero hoy, el distanciamiento social provocado por esta pandemia nos ha llevado a privarnos mutuamente de esta preciosa bendición, y sé que estarás de acuerdo conmigo en cuanto anhelamos el día en que todo esto pase y podamos explotar en abrazos e incluso lágrimas al vernos reencontrados como lo estábamos tan solo unas semanas atrás.

Pero ahora, habiendo experimentado este intenso anhelo de abrazar que compartimos, quiero que pienses en esto: En que llegará el día en que aquel abrazo, incomparable y definitivo, te será dado por tu amantisimo Señor en los cielos por toda la Eternidad, y estarás junto al pueblo del Señor y "enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron" (Apocalipsis 21:4).

Los abrazos terrenales, con sus preciosas bendiciones temporales ligadas, son apenas un limitado principio de lo que será el Eterno abrazo de nuestro Señor Jesucristo una vez seamos recibidos por Él en Gloria.

"Amen; si, ven, Señor Jesús" (Apocalipsis 22:20b).