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"Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados."

Efesios 5. 1

En nuestro versículo de hoy, el Espíritu Santo nos exhorta a ser imitadores, y hasta allí todo parecería medianamente fácil, de no ser porque a Quien debemos imitar es a Dios, a Aquel ser incomprensible e infinito; santo y justo; todopoderoso e inmutable; a Él es a quien, a lo largo de toda esta vida, nosotros debemos reflejar. Y ante la magnitud de este mandamiento, alguien, con toda razón, podría preguntarse ¿Cómo lograr algo así?

Pero, por la misericordia del Señor, el mismo versículo nos ofrece luz, al revelarnos que debemos imitar a Dios como hijos, por lo que es bueno detenernos a meditar un poco en lo que significa aquella relación paternal. 

¿Has visto como son, por lo general, los niños pequeños con sus papás? Un hijo pequeño, al igual que un actor, se esfuerza por estudiar a su padre, lo analiza detalladamente en sus movimientos, en sus gustos y disgustos, en su manera de vestir y de actuar, y luego, decididamente se deleita en poner en práctica, aún de manera torpe, todos esos conocimientos, imitando aquello que ha adquirido por medio de la observación, y adoptándolo luego como parte de sí mismo.

Así es precisamente como tú y yo, si estamos en Cristo, somos llamados a imitar a Dios en todo, a lo largo de esta vida, conociéndole día tras día, porque no hemos sido llamados a improvisar nuestro actuar de acuerdo a un dios imaginario y subjetivo, sino a imitar a un Dios que se ha revelado objetivamente en las Escrituras, y eso, implica pasar horas, días, meses, años, y toda esta vida presente, exponiéndonos a Su Palabra y conociendo de manera personal a Cristo, quien es la Palabra encarnada, Dios con nosotros.

Pero aún hay algo más, pues también nos dice este versículo que debemos imitar a Dios como hijos amados, haciendo énfasis en que no debemos seguir las pisadas de Dios con el objetivo de ganar Su amor, sino que debemos seguirlas porque en Cristo ya somos Sus hijos amados, en aquella misma manera como lo declara el Apóstol Juan, diciendo: "Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero." (1º de Juan 4. 19).

Solo así, como hijos amados, podremos llegar a ser fieles imitadores, aún de manera torpe, de aquel Padre maravilloso y perfecto en el que creemos y al que adoramos, no olvidando tampoco que el cristianismo verdadero no consiste tan solo en recitar de memoria una serie de versículos y doctrinas bíblicas, sino en creerlos y en llevarlos a la práctica a lo largo de toda esta obra Divina que llamamos vida presente, siendo imitadores de Él en todo, en cualquier circunstancia en la que nos podamos encontrar, y no solo en las que nos resultan favorables.

En conclusión, debemos esforzarnos cada día por conocer a Dios, porque es imposible imitar a alguien que no conocemos. Pero también debemos esforzarnos cada día por imitar a Dios, porque es imposible decir que le conocemos si no lo imitamos. En ambos casos, somos de todas maneras insuficientes, por tanto, que sea su Espíritu avivando Su obra en nosotros, para que a lo largo de esta pandemia, y luego de ella, lejos de ser imitadores del mundo, podamos ser cada día mejores imitadores de Dios, como hijos amados.