“Y habrá allí calzada y camino, y será llamado Camino de Santidad; no pasará inmundo por él, sino que él mismo estará con ellos; el que anduviere en este camino, por torpe que sea, no se extraviará.”
Isaías 35. 8
Isaías 35 es una preciosa canción de esperanza, dedicada en principio al desierto y al yermo, haciendo referencia esta última palabra a un terreno estéril en el cual no crece fruto ni vegetación. Y aunque nadie pudiera creerlo, para este desierto y yermo anuncia el profeta buenas noticias, pues les sería dada la gloria del Líbano, del Carmelo y del Sarón, lugares próximos a corrientes de aguas que les conferían un carácter sumamente fructífero y exuberante; pero aun mas que eso, anuncia el profeta que estas tierras marginadas por las que ningún hombre daría nada, tendrían el gozo y el privilegio supremo de contemplar un día la gloria y la hermosura del Señor.
Entendemos luego que este desierto y este yermo representan a almas cansadas y frágiles, a corazones apocados y temerosos, a quienes Dios promete que pronto vendría a ellos, y los salvaría, con lo cual, los ojos de los ciegos y los oídos de los sordos se abrirían, de par en par, tal y como ocurrió ya a plenitud con la venida de nuestro Señor Jesucristo, por cuya palabra de esperanza, aguas fueron cavadas en el desierto y torrentes de luz en la soledad.
Y dentro de toda esta canción, tu corazón era aquel desierto y yermo, aquel ser frágil, cansado, apocado, temeroso, ciego y sordo, de quien no brotaba nada sino aridez y soledad. Mas a ti vino Él, permitiéndote ver la gloria Suya y supliéndote con las aguas de Su palabra alrededor para adornarte de sus dones, para convertirte entonces, en un manadero de Sus manantiales sin fin ante Su presencia.
¡Y cuán bendito serías si esta canción terminara aquí! Pero no te vayas aun, porque el raudal de esta profecía sigue su curso imparable, pues no te ha abandonado a tu suerte tu precioso Redentor, sino que ha hecho además calzada y camino, el cual es llamado Camino de Santidad, para que a lo largo de esta vida transites por él, teniendo la plena seguridad de que Su vara y Su cayado te guiarán por buenos pastos aun a pesar de tu torpeza y debilidad. Como amada oveja suya, estás resguardada por siempre sobre Sus hombros y nunca te extraviarás. No habrá león ni fiera que puedan interrumpir tu andar en este mundo que procurará a toda costa tu tropiezo. Por lo cual, tú andarás esforzadamente, con fe, en esperanza contra esperanza, porque tu Señor ha trazado desde la eternidad los pasos por los cuales hará transitar en victoria a sus redimidos.
¡Y cuán bendito serías si esta canción terminara aquí! Pero no te vayas, pues aún hay más, puesto que Dios ha prometido, que esa Santa senda de la que ninguna oveja se extravía, tiene como único destino el conducirte a una Nueva Jerusalén llena de alegría, en la que el Señor pondrá gozo perpetuo sobre la cabeza de sus redimidos, apartando para siempre la tristeza y los gemidos. Esta es la canción biográfica de toda alma desértica que ha renacido en el Señor, canción por la cual solo Él merece la gloria, la alabanza y el honor, pues fue su soberana elección, haber escogido tu desértico corazón, para hacer de él como el Líbano, el Carmelo y el Sarón.