“Harás también un altar de madera de cinco codos de longitud, y de cinco codos de anchura; será cuadrado el altar, y su altura de tres codos”
Éxodo 27. 1
El antiguo testamento apunta a Cristo en cada una de sus letras, permitiéndonos verlo a través de figuras o símbolos que señalaban, desde aquel mismo momento, a ese perfecto Rey, Sacerdote y Profeta que vendría a redimir, de una vez y para siempre, a Su pueblo amado.
Una de esas figuras, es el tabernáculo, el cual poseía varias partes: Un patio externo hasta donde podía llegar el pueblo; un patio interno y un lugar santo a los cuales podían ingresar solamente los levitas; y finalmente, el lugar Santísimo, al cual tenía acceso exclusivo el sumo Sacerdote, una vez al año, en el día de la expiación.
Pero además de ser distintas en sus características, estas cuatro áreas, tenían cada una, su mobiliario particular, y así es como, si hubiésemos sido un levita de aquel tiempo, lo primero que habríamos encontrado al entrar al patio interno, habría sido el altar, una hermosa estructura fabricada esencialmente de madera de acacia y de bronce.
Aquel altar, sería el lugar en donde se llevarían a cabo los sacrificios expiatorios, en el cual se requería del ofrecimiento diario de animales sin defecto que actuarían como sustitutos de la condenación de cada uno de los integrantes del pueblo por causa de los pecados individuales, familiares y nacionales.
¿Puedes imaginar aquella sangrienta escena sacrificial?
Dice Jack Scott que “con base en el censo registrado en Números, debe haber habido cerca de dos millones y medio de personas en Israel durante su estancia en el desierto. Cuando pensamos en un número tan grande de personas, y en el gran número de sacrificios que se debían hacer diariamente, la realidad supera toda posible imaginación. Añadamos a esto (...) que todos los sacrificios debían ser realizados en un solo lugar escogido por Dios.”
En serio te digo que si hubieras sido un levita de aquellos días, no habrías dado abasto para lo que aquella tarea expiatoria requería. Y entonces es bueno preguntarse: ¿Por qué habría diseñado Dios un sistema de sacrificios prácticamente imposible de cumplir?
Bueno, por varias razones: Para mostrar al hombre su obstinada y diaria pecaminosidad. Para mostrar al hombre su completa incapacidad para limpiarse de su pecado por medio de sus propios esfuerzos. Pero aun mas, para mostrarle al hombre que era necesario un sacrificio mucho mas glorioso y solemne que el de la sangre de los toros y de los machos cabríos: El Sacrificio de su Amado Hijo, Emanuel.
Como vemos, el altar, con su mezcla de madera y metal, cargado de sacrificios expiatorios insuficientes y ofrecidos por unos sacerdotes falibles, eran tan solo la sombra imperfecta del Altar bendito de Aquel Cordero sin mancha que en una cruz de madera, fijado a ella de pies y manos con astillas de metal, entregaría su vida como ofrenda y como Gran Sumo Sacerdote, para expiar, de una vez y para siempre, los pecados de Su amado pueblo.
Cristo es el único Altar al cual podemos acudir en busca de Salvación, pues no tiene sentido creer que ofreciendo diariamente nuestras obras y sacrificios humanos, podremos si acaso igualar a la obra perfecta del Hijo de Dios, porque en cualquier caso, seríamos pecaminosamente insuficientes.
Ya podemos descansar, porque lo eterno ya nos ha sido concedido por Sus méritos. Consumado es. Somos libres del pecado, y ya no hay nada que podamos agregar, pues solo Él, entrando en el mundo dijo a su Padre: “Sacrificio y ofrenda no quisiste; mas me preparaste cuerpo (...) he aquí que vengo, Oh Dios, para hacer tu voluntad” (Hebreos 10. 5-14).
Nuestro altar perfecto de justo juicio es Jesucristo ¡Gloria sea a nuestro bendito Salvador, ayer, ahora y por la eternidad!